La reserva, Foto aleph y Rincones del Atlántico

Estimados, aunque anónimos lectores:

Cumplo aquí y ahora con reenviarles, através de mi blog, dos webs que me ha mandado el director de Rincones del Atlántico.  Estas webs, que verán más abajo, les abrirán contactos a otros lugares muy bellos o muy curiosos. Como mínimo son extraordinarios. Es lo hermoso de la red, que te muestra lo imprevisible, sorprendente y educativo, cuando les mueve a los del otro lado el interés de extender la solidaridad y la mejor comunicación más allá de los buenos deseos. Es decir, con la acción, como es el ejemplo de Daniel Fernández, el creador de Rincones del Atlántico. Otra web de observación casi cotidiana, por su belleza y seriedad http://www.rinconesdelatlantico.com/.  Insisto, no lo hagan a la ligera, sino actúen para ver y leer todas tres con detenimiento y para cuando tengan un poquito más de tiempo de lo normal. En cualquier caso, las pueden colocar en favoritos y abrirlas de vez en cuando. Son muy muy muy válidas. No se arrepentirán. Mis saludos afectuosos, de Alberto Omar Walls [Tenerife. Islas Canarias]

http://www.fotoaleph.com/

http://www.lareserva.com/home/

Manolo Codeso en el recuerdo

                          Por Alberto Omar Walls

        Era la primera vez que vivía en Madrid. Fue hace muchos años. La experiencia me resultaba excitante, sobre todo porque en aquella época sólo tenía veintiún años. La segunda mitad de mil novecientos sesenta fue bulliciosa, se experimentaba cierta confianza económica y el liberalismo nocturno respondía al que las masas estudiantiles reivindicábamos para todos los estamentos.

      Pero cambié la medicina por el teatro y me enrolé en varias compañías, que tanto actuaban en provincias como en la misma capital del reino. Recuerdo a Manolo Codeso como uno de los actores cómicos más serios de la escena nacional. No sólo era divertido sobre el escenario, sino conmigo se portó como un caballero. Mi amigo Cuco, el gran director y productor canario, Juan José Pérez Afonso, lo trajo al Teatro Guimerá meses antes de morir. Me gustó verlo aún sobre las tablas defendiendo el arte de ser actor cómico a sus ochenta y tantos años,esgrimiendo como armas tanto su pequeña planta estirada junto a su hablar gangoso de cómico y, sobre todo, el mirar directo a los ojos, al estilo de un Quijote revivido...

      Manolo Codeso se calificaba de "cómico". No se le hubiese ocurrido, en una conversación cotidiana de café, nombrarse actor. Él pertenecía a la vieja escuela, esa en la que aprendieron muchísimos a actuar sobre los escenarios, también el gran Fernando Fernán Gómez . Codeso tenía una vis cómica que para sí la quisieran muchos de los humoristas de hoy. Esa fuerza tan especial,lo hacía ser un genio de la comicidad, se transformaba sobre las tablas, y su cuerpecito menudo  (a lo Chaplin) se agrandaba y agrandaba empujándose cada vez más hacia arriba impulsado por las carcajadas del público que siempre llenaba las salas de teatro.

      Trabajé en aquel tiempo algo más de una temporada en su compañía, que formó con su compañera Milagros Ponty, y tuve la oportunidad de baquetearme a gusto interpretando, por toda nuestra piel de toro malherido, al menos unos quince personajes distintos: guardas de trenes, galanes jóvenes, espadachines, gárrulos de pueblo... Una de las obras con las que más éxito obtuvo Codeso fue Yo quiero de Carlos Arniches, bajo la dirección de Salvador Soler Marí. En el largo reparto compuesto por verdaderos cómicos de la legua, auténticos malabaristas de la improvisación y del bien estar, intervenía un magnífico actor de carácter, de los que tampoco hay, llamado Manuel Navarro, quien nos imprimía a los más jóvenes una contundente seguridad tanto dentro como fuera de la escena. Era este hombre por demás bondadoso, alegre y compasivo con el mundo que, por otro lado, no lo había tratado muy bien, pues siendo aún de mediana edad aparentaba estar muy envejecido.Suponíamos que una rara enfermedad le atrofiaba los huesos de la columna, encorvándolo por meses como si su árbol de vida hubiese olvidado la elasticidad obligada en todo actor cómico. Ejercía una profesión paralela a la de actor, pues supongo que había aceptado quizá que en poco tiempo tendría que abandonar los escenarios. Me sorprendió oírle decir que, cuando no actuaba, vendía paraguas. Lo comprobé una tarde cuando observé regados en su camerino, abiertos como cometas varadas en el vuelo, más de cincuenta ejemplares de paraguas de todos los colores y tamaños. Era la totalidad de su extraño muestrario.Comprendí entonces que se pusiera tan contento de que durante la turné fuéramos a actuar en el gran Teatro Arriaga de Bilbao, a pesar de que la humedad del invierno lo obligara a arrastrarse, y su curvatura lo situara en postura reverencial ante los demás. Aunque el auténtico caballero fuera, en verdad, él... Una tarde le comenté que estaba confuso con mi vocación artística, tanto por la soledad de ser actor como por la falta de apoyo afectivo, y porque el mundo que veía a mi alrededor no era el que había esperado encontrar. Me respondió algo muy sencillo de recordar:

         -Alberto, no tienes que saber hacia dónde vas, lo importante es estar en tu camino...

Me gustan las rosas rojas




    Me gustan las rosas. Las rojas tienen algo que me seducen. Pero deben ser olorosas, de piel limpia y suave, carnosas pero sin complicaciones, cambiantes según la luz y vívidas cuando están en el vacío de la noche. Pero no soy de un color solamente, ni siquiera de una flor específica, ni planta, arbusto o árbol únicos. Aunque me gustan las rosas rojas, también amo el sabor del sushi perfecto o correr con un BMW sin miedos, acariciar las olas del mar cuando chocan contra las rocas, y gritar cerca del Teide...   Unas rosas rojas siempre hablan de amor, estés o no enamorado. Sabemos los significados emocionales de los colores, pero poco me importan cuando tengo cerca el goce exquisito de la perfección de una rosa.
    ¿Y han visto las menuditas margaritas que, atrevidas, se intrometen en medio de un macizo de hierbas? Son perfectas en su simplicidad y, desde ese don se arriesgan a competir con las rosas.
     Por eso, hoy, quizá, me haga, para colocar en el búcaro de la mesa, junto al ventanal que mira hacia el mar, un hermoso ramo de rosas rojas entremezcladas con margaritas silvestres amarillas...

César Manrique hace treinta años

CONVERSACIÓN  CON  CÉSAR  MANRIQUE

 

                                            por Alberto Omar Walls

 

Ítaca te regaló un hermoso viaje.

Sin ella el camino no hubieras emprendido.

Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.

Rico en saber y en vida, como has vuelto,

comprendes ya qué significan las Ítacas.              

                                            C. Kavafis

 

               Se trata de un homenaje a César. Rebusco en archivos antiguos y cuando encuentro y abro la vieja carpeta, los papeles se muestran amarillos y desconchados por los bordes. ¡Casi treinta años ya...! En esa época me gustaba ir a casi todos los sitios con mi magnetófono al hombro. Aquellos aparatos eran un tanto pesados y te hundían el hombro. No es como ahora que te cabe el casette en un bolsillo y ni siquiera usas cintas grabadoras. Aunque estudiaba y trabajaba al mismo tiempo en la Universidad de La Laguna -era secretario particular del rector Jesús Hernández Perera, una de las personas más buenas que jamás haya conocido-, mis inquietudes artísticas me llevaban a meterme a fondo en toda suerte de acciones que tuvieran que ver con la cultura: por eso andaba en cosas de los libros, del teatro, el cine, la radio, la prensa... Y estaba también uno al día de dónde se cocinaban las movidas culturales dentro y fuera de las Islas. ¡Para qué vamos a engañarnos!, en esta geografía insular nuestra, entonces mucho más fragmentada que ahora, no había muchos epicentros que generaran interés cultural; pero uno de esos excepcionales lugares lo formaba El Almacén y su creador e imagen vital, el artista César Manrique. Ya nos habíamos conocido en 1974 cuando se inauguró el Teatro de El Almacén con una obra mía, titulada La estatua y el perro, dirigida por Eduardo Camacho y escrita expresamente para su grupo de sordomudos Los Ambulantes. Volvía en esos momentos de nuevo a Lanzarote, tres años después, porque mi hermano Yamil Omar exponía en El Aljibe, la sala de arte de El Almacén.

               De César me había llamado la atención, desde un principio, la especial humanidad que transmitía, el torbellino de energía que dinamizaba a su alrededor y el gran cariño que le expresaba a la vida. A la sustancia de vivir. Y el que lograra hacerte ver que la simpatía podía ser mutua... Sus palabras eran borbotón, noria, montaña rusa o cuchillo, dependía del tema del cual estuviera hablando, pero nunca eran indiferentes a lo que la existencia le plantaba delante. ¡Era un imán en movimiento, gracia y poder! Dominaba la situación como nadie y jamás pasaba desapercibido. Quizá porque fuera tauro... Eso se le notaba en sus determinados gustos por las cosas sencillas y por todo lo que supusiera tesón y mover montañas. Es decir, el uso de la fe en lo que hacía, en sus proyectos. Quizá por ello no podía parecerte raro oírle decir que quien se proponía algo lo conseguía, viviera en una ciudad grande o pequeña. Porque sólo era cuestión de proponérselo...

               - ¡Quien se propone algo, mueve montañas...!- me dijo serio, tajante, con sus ojitos taurinos retándome desde muy adentro.

Estábamos en el restaurante de El Almacén. Mientras conversaba con César –ante el magnetófono de ruedas grandes que giraban y giraban-, allí con nosotros estaban también Pepe Dámaso, Yamil Omar y su esposa Sizsi Zajtai, Alfonso Armas Ayala, Francisco Morales Padrón y el poeta Agustín de León. En medio de la entrevista con César se producía una conversación paralela en la mesa donde se cruzaban opiniones sobre Néstor y la belleza de su Poema a la tierra… ¡Pensar que el Poema a la tierra esté encerrado por inmoral!, ¡qué vergüenza, coño, de país...!, dijo César atendiendo a las dos bandas.

Yo me había cifrado el sano objetivo de hacerle una entrevista a César Manrique, con lo que no sin ciertas dosis de paciencia lograría reconducir las preguntas para que él pudiera ir desgranando opiniones sobre sí mismo, su infancia y adolescencia o su dimensión artística... 

- Fue en La Caleta donde yo comencé a tomar conciencia de la belleza de vivir, de la belleza del mar, del aire, de los peces, de las barcas varadas, de los marineros durmiendo, de la manera de cocinar en cocinas humildes, con los marineros, comiendo en su propia cocina... Recuerdo perfectamente a un viejo marinero amigo mío y a su familia, que se llamaba Feliciano, que vivía al lado de mi casa... Nos fugábamos por la noche con todos mis amigos, con todos los chicos, hijos de los marineros... Para mí fue una infancia felicísima, llena de fantasía...

-¿Ya pintabas entonces?

- Dibujaba continuamente una serie de motivos. Fue una infancia llena de fantasía y de un concepto puro de la vida. Creo que esta infancia fue especialmente importante para mí, ya que lo que tú recibes de niño te queda marcado para el resto de tu vida. La educación infantil es importantísima. Lo que se dé a un niño para que todo él pueda estar marcado de una línea de conducta, con un concepto sano o podrido de la vida... Todos esos niños que se crían en grandes ciudades, en medios inhóspitos..., eso es muy grave para los futuros desarrollos de la vida de un ser humano. El viejo campesino tenía hijos felices, ¿comprendes?, porque vivía en un entorno de pureza... Han contemplado las estrellas..., tienen  un estado de pureza, donde han visto a los animales trabajar de una manera positiva, y no en las grandes ciudades donde sólo han visto automóviles, olido gasolina..., tantos semáforos, la agresividad y falta de humanidad...¡Por eso en mí jamás ha habido una depresión moral!

-        Sí, muy importante la niñez...

-        Yo, a partir de los siete años... viví en un medio lleno de pureza, belleza y libertad. Me bañaba en la playa de Famara como un bicho más. Desnudo..., cruzando láminas de perfecta agua, donde se reflejaban los riscos, con una limpieza impecable... Todo eso condicionaría a cualquier ser medianamente sensible. A mi me ha condicionado para el resto de mi vida. Por eso yo soy un panteísta y amo la naturaleza por encima de todo...

-        La infancia como juego y aprendizaje...

-       Luego, algo más joven, viví en Macher, donde mi padre tenía unas fincas. Yo jugaba bajo las higueras, corría por las fincas. Fue una época igualmente feliz. Somos cuatro hermanos... Yo soy gemelo con una hermana y no nos parecemos en nada. Mi hermana es tímida, introvertida, de una bondad infinita. Yo soy extrovertido, vital, de un gran entusiasmo...

- ¿Recuerdas la primera vez que lloraste de desconsuelo por algo?

- Yo creo que no lloré nunca. Casi...

- ¿Y ese casi? ¿Esa vez que lloraste?

- No recuerdo exactamente el por qué lloré la primera vez...

- ¿No?... ¿Tus padres te castigaron alguna vez?

- Mi madre, nunca. Mi padre, sí... Recuerdo... hummmm... creo que eso me condicionó un poco, aunque no de una manera muy... Porque yo he sido siempre muy vital, postivista en el sentido que tengo de la alegría de vivir. Por el medio que me ha rodeado... Bueno, recuerdo que mi padre me pegó una vez una paliza enorme (enfatiza el adjetivo), porque yo tenía miedo a quedarme a dormir en la oscuridad... ¡Porque yo amaba tanto la luz...que..., cuando me apagaban todas las luces para que me quedara dormido, me daba un posible miedo y... lloraba! Mi padre llegó un día y me dio tal paliza en la oscuridad (aquí hay un nuevo énfasis), que me hizo daño. Mi madre se quedó un poco..., muy disgustada, al ver que...., cuando encendió la luz y me vio los cardenales en el cuerpo... Porque mi padre me pegó sin verme...

          Lo miré respetando los segundos de su silencio interior. Pronto sobrevino la capacidad de perdón del adulto que en esos momentos miraba hacia atrás sin ira, y agregó:

- Eso no creo que me haya condicionado. Sin embargo, a otro niño cualquiera creo que le hubiese condicionado. No, no creo que me haya condicionado...

- ¿Tímido?

-        No, nunca he sido nada tímido. Yo me rebelé, incluso en contra de mi padre, en un montón de cosas. Por ejemplo, mi padre no quería que estudiara pintura. Mi padre quería que fuera un niño vulgar, como todos los niños. Pero yo no era como todos los niños; yo no quería jugar a lo que jugaban todos los demás niños. Yo me iba con gente...

-        ¿Qué es tan importante en la vida?

-        Uno de los grandes males que tienen los hombres es no tener conciencia clara de lo que significa la vida. Es algo tan corto, tan ligero..., que no nos damos cuenta de la eternidad que tenemos antes de nacer y después de morir...

-        ¿Crees que esas almas quedan?

-        No, yo no lo creo; no afirmo ni niego nada. Creo en todo y no creo en nada... Creo que lo que puede quedar es una especie de energía, una posible inteligencia en abstracto, sin lógica o como pura energía... Creo que la inteligencia la tendría el gran banco cósmico, la única entidad universal que puede tener inteligencia para repartirla.

-        ¿Cómo la llamarías?

-        Llámalo como quieras: Dios, la energía del cosmos, la mecánica del universo... Yo no creo en el alma como cree la mayoría de la gente. Cuando comenzaron a formarse y organizarse los primeros gérmenes de vida, no había almas... Ahora la humanidad se está multiplicando, hay una explosión demográfica verdaderamente alarmante...

-        ¿Qué significa para tí la Coca-Cola?

-        ¿Para mí...?, ¡la mayor denigración de la Coca-Cola es haber llenado el planeta entero de publicidad, hasta en los rincones más insospechados! Por ejemplo, estuve en un pueblo de frontera de la China comunista, donde llegué a ver sus anuncios, me asombré y dije ¿cómo es posible que haya podido llegar a invadir el planeta entero? ¡Yo, a la Coca-Cola, le pondría la multa más impresionante de la historia de la humanidad!

-        Pero con la publicidad...

-        ¡Para mí, la publicidad, debería ser para fomentar el bienestar del hombre! Lo que prohibiría, si formara parte de un Estado consciente, es la publicidad gratuita, que sólo está para hacer ricos a cuatro señores a costa de lanzamientos de productos que no son beneficiosos para el hombre...

-        ¿Y el erotismo que se ha metido a través de la publicidad?

-        Lo que ha pasado con el concepto erotismo es que ahora hay una nueva conciencia de libertad. Durante siglos y siglos hubo una gigantesca represión que lo único que ha hecho es crear millones de seres desgraciados.. Sin embargo, hay un exceso de preocupación por lo erótico que acaba confundiéndose con la pornografía que, para mí, es repugnante. El erotismo lo veo como un grado superior de concentración de todas las fuerzas humanas en la sensualidad, ¡no la sexualidad!; en la sensibilidad del ser vivo para poder gozar de todos los matices que se nos ofrece...

-        ¿Que es para tí la muerte? ¿Tienes miedo a la muerte?

-        La muerte es el estado perfecto, porque la muerte no tiene la más mínima conciencia del tiempo. ¡Da lo mismo treinta millones de años...! Sólo tengo miedo a la conciencia de morir a través del sufrimiento físico. Sí, también me da miedo el no haber tenido tiempo de realizar todo lo que está metido en mi cabeza. ¡Tengo tal cantidad de cosas por hacer que creo que morirse a los ochenta años es demasiado corto!

-      ¿El mar...?

-        Me crié a la orilla del mar. La pureza de mi mente me viene de ahí. El verdadero concepto de artista es el que tiene una visión amplia y dedicación a todas las artes. Desde los caldeos, asirios, egipcios...

-        ¿Tu pintura?

-        ¿Mi pintura? ¡El concepto del espacio...! Los espacios, para mí, se fueron haciendo cada vez más cortos. Todo se me hacía pequeño y miserable. ¡La dimensión era reducida! No tenía el suficiente aire para respirar... Con cierto temor de claustrofobia espiritual...

-        ¿El artista?

-     ¿El artista? Lo que desea es trabajar absolutamente libre y crear en cualquier medio. Yo me vine a Lanzarote como un anacoreta. He hecho cosas en esta isla absolutamente gratuitas. A mí me gusta hacer lo que quiero... Yo estoy totalmente enamorado de la arquitectura popular. Los arquitectos se han intelectualizado demasiado y han hecho arquitectura fría. El arquitecto moderno debería poner sus conocimientos científicos al servicio de una mejor comprensión del verdadero confort que posee la  arquitectura popular. Yo creo haber logrado esa combinación en mi propia casa de Tahiche...

       La conversación paralela sobre Néstor de la Torre se había caldeado en esos minutos. César, ¡seguro!, estaba escuchando todo lo que se producía a su alrededor, por eso no cabía en su condición estar callado sobre aquel asunto que hería su sensibilidad e intervino, diciendo: ¡Si yo soy presidente del Cabildo de las Palmas ¡vamos! presento a bombo y  platillo la obra de Néstor y hago una gran fiesta. Una exposición para él solo fuera del museo! ¡Una exposición digna de Néstor, con la categoría que significa Néstor de la Torre en el mundo...! Alguien llegó acompañando a un visitante de apellido catalán, creo que se llamaba Font. César se vio en la necesidad de levantarse e ir a dar con ellos. El continuar la conversación se dejó para otro momento, no obstante tuve la sensación de que ya me había comunicado cuestiones muy importantes. Hoy, que reconstruyo aquella entrevista treinta años después, descubro con asombro la auténtica profundidad y actualidad de su manera de pensar. 

             ¡Salud eterna, allá donde estés... Maestro César!



[La foto nos fue hecha por Guerra, en 1987. Estamos: César Manrique, Fernando Delgado y Alberto Omar Walls ]

Manopuntura coreana o la sanación desde el corazón

humilde palillo de madera

 

            Estábamos cenando en un restaurante. Hablábamos de todo. Me sentía muy bien acompañado con dos buenas amigas y la conversación discurría con naturalidad, por lo que íbamos de un tema a otro con absoluta limpieza. Era cómodo nuestro encuentro y la comida y la bebida eran excelentes. Una de las amigas comentó que había estado visitando en Mijas un museo de miniaturas con piezas realmente extrañas y excepcionales. Por ejemplo: el Padre Nuestro se halla escrito en el borde de una tarjeta de visita, la cara del presidente Abrahan Lincoln está pintada en la cabeza de un alfiler, una bailarina de ballet se encontraba tallada en un palillo de dientes, una batalla naval se grabó en la cabeza de un alfiler y hasta la ultima cena de Leonardo de Vinci se encontraba pintada en un grano de arroz…

            Me apoyé en esos ejemplos de objetos tan mínimos, donde se había plasmado arte, para hablarles de la Manopuntura coreana, una especialidad inventada por el doctor Woo Yoo a partir de la milenaria acupuntura. Las expresiones de mis amigas eran de incredulidad, por ello y para asegurarles su eficacia, les comenté que era tanta que hasta con un humilde y simple palillo de madera, cuya función primordial es la de ayudar a escarbar entre los dientes para la limpieza de la boca, se puede llegar a aliviar dolores si es bien utilizado y se acierta con los puntos exactos. Mis amigas en el yantar me seguían mirando incrédulas aunque admiradas con la pasión que le imprimía a la defensa del poder de una diminuta aguja pinchada apenas un milímetro en la piel de una mano.

Por esos gajes de la causalidad, que el azar no existe, la camarera que había estado todo el tiempo atendiendo con diligencia a los clientes del comedor, ante nuestra mesa se paró unos segundos y luego, imprevisiblemente, cayó en tierra de rodillas. No esperó a mucho para levantarse con suma rapidez sin haber dejado caer la fuente de carne que llevaba entre sus manos. Nosotros nos miramos asombrados y comentamos que el dolor en sus rodillas tuvo que ser intenso, pues supimos del ruido de ambos huesos al tronar en contra de la baldosa del suelo. Vimos pronto a la camarera ir de nuevo de un lado para otro portando viandas, aunque observé que de vez en cuando cojeaba y se llevaba una de las manos libres para acariciarse las rodillas. Ni corto ni perezoso, cogí un palillo de sobre nuestra mesa y lo tronché un poco por una de sus puntas para que no clavara y llamé a la camarera. Rápida se acercó a mi llamada, interrogante en el rostro, más un tanto contraído por el dolor. Le pregunté si le dolían aún las rodillas y me dijo que naturalmente, que le dolía mucho, sobre todo la derecha.

En dos minutos le hice un resumen de las excelencias de la Manopuntura coreana  y le dije que con un palillo le buscaría un lugar concreto en su dedo meñique para aliviarle el dolor. Un tanto dubitativa, no obstante alargó su mano y dejó que le pusiera una de la puntas del humilde palillo sobre uno de los pliegues del dedo meñique de la mano derecha. Mis compañeras de mesa no salían de su asombro, por mi desfachatez y por la seguridad con la que actuaba. Hacia los dos minutos, quité el palillo y le pregunté si se encontraba mejor. Me dijo que sí, y antes que se marchara le pedí que me trajera un poquito de papel de aluminio que seguro habría en la cocina. Comenté a mis amigas que le iba a confeccionar un punto fijo con un poco de esparadrapo que llevaba en mi mochilita, junto a otras cosas de primera necesidad, desde una lanceta, hasta agujitas y, como es lógico en un escritor, un bolígrafo, agenda, libreta, libros y una cámara fotográfica.

Cuando volvió la camarera le anudé con una tira de esparadrapo en el dedo meñique una bolita de papel plateado. Al rato le pregunté a la muchacha cómo se encontraba y me dijo que muchísimo mejor. ¡Para qué fue aquello!, una de mis amigas no dudó en reprocharme que la camarera se veía influenciada porque yo era un cliente y no me pensaría jamás llevar la contraria, viéndome tan apasionado y convencido con el invento, por lo que dio el asunto por zanjado y se cambió de tema. Quedaban muy convencidas ambas de mis dotes teatrales pero en absoluto creídas con la posible eficacia de la acupuntura. Les planteé, para que comprendieran mi actitud, que yo no había pretendido adquirir poder o mostrar algún tipo de dote especial, de esa manera mi acción hubiese sido mezquina. Sólo buscaba ayudar y que sí les podía dar la razón en que no me había parado a pensar antes en que a la muchacha le apeteciera o no prescindir de su dolor. Que con mi acto, por un lado le había anulado la posibilidad de experimentar todo el desarrollo de su dolor -hasta llegar a su principio hallando la causa-, aunque por otro le había mostrado que existía un camino natural para la intervención libre en los procesos del sufrimiento humano.

Nuevamente la no causalidad vino a confirmar el viejo axioma oriental de que la conciencia es infinita. Habíamos pedido las copas del final de la cena y una de mis amigas se estaba tomando una con hielo. Inopinadamente, se le interrumpió el habla y comenzó a hipar. De tal manera se le apoderó el hipo de su abdomen, que el susto o la sorpresa le saltaron pronto a la superficie de su rostro. La otra compañera dijo que había que darle un susto, también que bebiera a sorbitos cortos o que tragara aire y lo contuviera en los pulmones… ¡Yo qué sé cuánto remedios se barajaron en unos minutos! No esperé a otra oportunidad. Agarré el primer palillo que ví y le dije: ¿me permites que intervenga sobre tu mano con este humilde palillo de madera? Ella afirmó con la cabeza entre hipos descontrolados...

Cuando la punta del palillo se depositó sobre la palma de su mano, al instante el hipo desapareció y la tranquilidad le tornó a los ojos y al rostro. ¿Ya está?, me preguntó sorprendida, sin atreverse a ser incrédula pues a la vista estaba lo que para ella tenía que ser un milagro. Para evitar que se fuera al extremo opuesto y transformara aquel hecho en religioso le indiqué que el palillo había sido depositado en la palma de su mano en el punto de reacción que le correspondía en el cuerpo con el diafragma: ¡pura técnica! Tuve que explicarle que, por supuesto, no todos los casos de hipo eran así de sencillos y que en ese momento estaba muy claro a qué había sido debido.

Cuando nos despedíamos, horas después, me mostraba la palma de la mano extendida en el aire y decía llena de sorpresa y agradecimiento: ¡todavía no me lo puedo creer, que un humilde palillo de madera me quitara el hipo esta noche!

 

Oculta maestría

 

            Sabía que tenía que comunicarse con alguien especial, que comprendiera este mundo sólo con mirarlo y que con su conocimiento pudiera ir tan lejos como le marcaran sus dos infinitas cualidades, bondad y voluntad. Debía lanzar lejos el sedal para enganchar al pez tan esperado. Intuyó que lo descubriría, porque esa mañana una nube verde voló hacia el poniente, también creyó oír una voz serena, de contadas y justas palabras, que le indicaba un camino. Entonces corrió hacia las playas del oeste, pero la voz se había alejado ya y en su mente retumbaba un eco huero. Sin saber porqué le asaltó la idea de ir a la vieja casa de la infancia. No fue fácil hallarla. Tuvo que propiciar el aprender a soñar con los ojos abiertos. En lo profundo de la noche encontró la vieja biblioteca. Presionó un botón oculto tras "El ser y la nada" y, al instante, todo cambió de lugar. Olió la humedad añosa, aunque entraba desde una ventana una tenue luz de congelado atardecer. Estaban allí unos libros sagrados apilados en montones como para una mudanza. En la pequeña habitación había una alfombra extendida en el suelo hasta los zócalos, dos candelabros con sus respectivos velones y colgado en la pared un grabado antiguo que representaba el Nacimiento de la Duda (Vovelle, Laplantine y Chartier). Encendió los velones y pronto se disipó el olor a humedad. Se sentó en un taburete en medio de la habitación.            

            La luz del ventanuco giró ocultándose tras las sombras.

            La vejez le había enseñado que no hay distancias en el universo y que, a través de la Luz, tanto los mensajes como los cuerpos podrían atravesar tiempos y espacios. Necesitaba una palabra de Conocimiento, pues fue amigo de la búsqueda durante muchos años. Estaba atento a la enseñanza y creía por eso merecer un nuevo mensaje o una llegada nueva, no importaba cuál fuera el procedimiento que se usase. Pero su instinto estaba sordo, y el mundo andaba sin oídos. El lenguaje se había quedado ciego, nadie escuchaba tampoco su desmayada voz en el amanecer. Creyó haber hallado un santuario y sin embargo su desvalimiento demostraba que sólo había encontrado un simple cuarto habitado por la nada más desabrida. Una anodina habitación de anticuario.

            Dejó de soñar despierto y volvió a la casa para acostar su cansancio. Cuando le quitaba la ropa a la piel que le daba apariencia al cuerpo, metió la mano en el bolsillo y sus dedos tropezaron con una tarjeta postal que mostraba una imagen espléndida del Bósforo. Lo único que se había traído de la biblioteca. Algo le empujó a mirar el reverso y leer el pequeño texto que estuvo allí esperando a que, por fin, y por primera vez, alguien quisiera entender su escueto y sencillo mensaje. Con tinta verde y letra ágil, un ser desconocido le había escrito hacía mucho tiempo lo siguiente: "Dentro de ti está tu propio maestro".

(Alberto Omar Walls lo publicó en el diario La Opinión de Tenerife, el 09-02-2008)

Un baile del dos de magos

http://albertoomarwalls.blogspot.es/img/Bailemagos.jpg 

Tiene mi madre ciertas fotos con valor sentimental a las que uno le da mucha importancia. Esta de aquí fue hecha en el ya desaparecido Frontón de Santa Cruz de Tenerife, seis días antes de que me pariera Amparo Walls en la Calle La X. Se trata del tradicional Baile de magos, por tanto, la instantánea es del dos de mayo de 1943. Por eso la titulo "Un baile del dos de magos". Estaba de bote en bote el famoso Frontón, pues allí estaría la mayoría de la gente joven de la ciudad. Quizá alguien aún pueda reconocer algún rostro familiar. Fue un lugar que aglutinó a muchísimos aficionados de los muy variados juegos y deportes: la pelota, el frontón, el patinaje, la carrera de galgos y ¡hasta las riñas de gallos! Estaba al lado de Los Salesianos, al final de la calle Ramón y Cajal, cuando aún estaba sin conectarse por abajo con La Noria, pues se hallaba cercenada la calle por una tapia. Recuerdo aquel emblemático lugar como un espacio lleno de alegría y vitalidad...

Bruno Mesa nos comunicó sus poemas

Bruno mesa: lectura de poemas en el colegio de arquitectos

 

             El recital de Bruno Mesa tuvo lugar a las 20,30 horas del viernes, 20 de junio de 2008. Lo presentó el poeta Rafael-José Díaz, coordinador del ciclo Paisajes, palabras, territorios. Jóvenes poetas en la Isla. Cumplí en aquellos días con decirlo en esta sección, pero hoy quiero seguir recordando que me gustó mucho la poesía nueva, inédita, de Bruno Mesa y, de manera especial, él mismo, es decir, su manera de expresarse y de haber sabido trasladar sus melodías y ritmos poéticos al amplio auditorio que acudió a escucharlo.

            Bruno Mesa nació en Santa Cruz de Tenerife en 1975. Realizó estudios de Filosofía en la Universidad de La Laguna, y ha publicado El laboratorio (2000, Visor, Madrid) -Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe a la Joven Creación-, Nadie (2002, Visor, Madrid), y el libro de relatos Ulat y otras ficciones (2007, Idea, Tenerife). Últimamente ha intervenido con una ponencia en el Congreso dedicado a la poesía y figura de Luis Fería. Ha traducido poemas de Gottfried Benn, Giorgio Vigolo y Fernando Pessoa.

 

 

Elsa López, novelista

A tenor de Las brujas de la isla del viento

            Elsa López no es una mujer invisible, y sí poeta y novelista en un solo cuerpo excepcional. Cuando terminé su novela Las brujas de la isla del viento (Edit. Idea), la llamé para decirle que me había gustado mucho, porque me atrapó su lectura y no había podido dejar de leer hasta su última gota de letra. No obstante no es novela al uso y costumbre de los gustos generales del gran público. No digo que no sea fácil de leer, porque sí tiene un estilo narrativo que te engatusa. Me refiero a que el tema planteado, o los tantos temas, nos confunde a primera vista, porque luego, a través de su técnica, vamos empatando hechos con los que la urdimbre de la historia toma sentido integral. Se trata de la confección de una trapera canaria, hecha con el desecho de otras telas, porque es un libro donde se van hilvanando las historias al estilo de la antañona Penélope, cuando tejía y destejía para darle tiempo al amado y su destino para que la hallaran.

            Trata de la mujer. Es una novela que presenta el lado  más dolorido y turbio de la mujer. Defiende a la mujer, está claro, pero antes la trata como a un felpudo, es decir golpeándolo contra las paredes para que eche fuera los polvos y suciedades de la madre celestina… Ninguna de esas mujeres, de las que muestra sus vidas azotadas por el viento, son imbéciles aunque hagan de sus existencias la aparente expresión lógica de sus conductas. Son víctimas del entorno, eso lo sabe la autora, y al mismo tiempo forjadoras de sus existencias a través de la única vía de salvación posible que su entramado familiar y social les permitía. En ese territorio marginal, una vez hallado, se encanallan. Desde esa perspectiva, son personajes subalternos, antihéroes...Otro autor dice que las mujeres, cuando buscan un sentido a sus vidas, tienen cuatro posibles salidas típicas: la virgen, quien anulando su sexualidad afronta la soledad y los desafíos de la sociedad machista; la mártir, que en su dolor y entrega al sufrimiento descubre su conciencia de sí y el descubrimiento de la responsabilidad con la vida; la santa, la  que asume el amor sin límites, el placer de dar sin pedir nada a cambio, la comprendedora por encima de los conflictos; y , por fin, la bruja, que es aquella que busca, halla y consuma el placer completo, pudiendo justificar así su existencia por encima de las limitaciones.

            No  va este libro únicamente del último tipo de mujer, el de la bruja, aunque sea muy evidente, sino de las cuatro tipología, arrebujadas y entremezcladas. Todos y cada uno de su personajes femeninos, en algún momento, pasan por esos cuatro niveles y, en última instancia, se quedan con el último de ellos, el de ser bruja para hallar la sabiduría reservada a los hombres y el placer sexual más desaforado guardado durante siglos para uso y disfrute de los machos.

            Es un libro de la tristeza también, y de la impotencia femenina. Un cántico a la libertad por encima de las geografías y los océanos, un desgarrador grito, profundo, de especie, un atronador rugido de toda la feminidad, más aún, de toda la especie hembra, denunciando primero un estado latente de injusticia permitida por todos a manos del poder, y en segundo lugar propiciando el rompimiento de las cadenas atávicas que las atan a sus pasados castradores. En ese sentido no permite la autora, o no entrevé la narradora (al menos la narradora), una posible salida al conflicto profundo y herida sangrante que enfrentan a los dos sexos puestos en sociedad para convivirse en familia. El macho y la hembra en el entorno de la isla del viento son enemigos, como mal menor, y como mal mayor, son ajenos el uno con el otro y jamás verán la luz juntos, es decir, jamás hallarán entendimiento para fundar sus relaciones a partir del agua del amor. Da para mucho esta novela, porque es muy sabia, ¡tremendamente sabia!, y nadie puede quedar tranquilo, como estuvo antes quizá, una vez leída la última página. De verdad que tanto viento enloquece… [Alberto Omar Walls]

          

La otra cara de... Pedro González, artista y agitador

 

  Lo mejor del triunfo es tenerlo siempre alejado y no conseguirlo nunca.       

   Hay intelectuales que siguen dando la pauta del pensamiento universal y esa pauta es siempre subversiva

            Pedro me recibe en su casa de La Laguna cubierta la cabeza con un sombrero a lo Indiana Johns. Pedro González es un gran pintor. Asombra en este hombre sus múltiples facetas: pintor, dinamizador de la cultura, profesor y formador de generaciones de artistas, político, gran conversador e intelectual, escritor… Pedro González es un hombre auténtico y comprometido con la vida, por eso Pedro González es siempre un agitador...

         - Usted ha sido un agitador en la pintura y en la vida…

            - Siempre tuve una libertad absoluta donde quiera que he estado. Cualquier problema lo planteo tranquilamente porque no estoy pendiente de compromisos previos que me cierren esa vocación de poner las cosas sobre la mesa y decir las verdades.

            - ¡Pero en la pintura sí ha sido agitador!

            - Toda mi vida he trabajado en la enseñanza para mantener la pintura libre de todo compromiso, luego en la pintura sigo, no agitando, sino diciendo las verdades pictóricas que a mi me interesan. Si eso es agitar, pues ahí está.

            - ¿Por qué dejó de existir "Nuestro Arte"?

            - Fue un grupo de agitación que existió en cuanto existía un régimen político que estaba dirigiendo toda la cultura. Entonces el grupo "Nuestro Arte" aglutinó a una serie de gente que no sólo eran liberales, sino que estéticamente todos estaban pendientes de lo que se estaba haciendo en otros lugares. Es decir, mientras aquí se hacía una pintura del siglo XIX, paisajística, aunque magnífica y respetable, fuera se mantenían otros planteamientos de tipo universal y nosotros quisimos hacerlo aquí, precisamente aquí y con gente de aquí. El grupo, pasada esa época, como todos los grupos estéticos o artísticos, muere, porque al prolongarse pasa a ser más que un grupo una cofradía.     

            - ¿Qué opina hoy día del Cosmos?

            - Recuerdo estar en Venezuela cuando se puso el hombre por primera vez en el espacio. Naturalmente la realidad ya se ha transformado. Igual que cuando se descubrió América, la realidad europea se hizo distinta. Santa Teresa gravitaba por efectos de la mística y de la teología, ahora ya gravitan los hombres en el espacio y es una realidad, ya no es una elucubración de los barrocos.

            - ¿Qué se hizo del "Cosmoarte"?

            - Fue el paso de la abstracción total en los años 59-60, y de esa abstracción total, el cuadro empezó a requerir argumentos, la presencia humana, y entonces empezó a pasar por una serie de fases; una de las fases fue esa realidad que se ha ido ampliando, que era cósmica, de ingravidez. La próxima exposición se llamará "Hombre solo", quiere decir que el hombre ya domina el espacio pictórico que en su momento, hace 40 años, estaba dominado por un oscuro plateamiento estético, revolucionario. Ahora vuelve a aparecer, pero con otras intenciones.

            - ¿Para usted qué color tienen las ilusiones?

            - Sabes que soy un hombre realista, de pocas ilusiones pero de bastante trabajo. Si el trabajo es la ilusión, efectivamente la ilusión puede ser esa, seguir trabajando, que es una forma de ilusión, una forma de ilusión pegada a la tierra.

            - ¿Qué tiene que decir de la Belleza?

            - La belleza ha sido una concesión al espectador burgués que necesita ciertos agarres para enfrentarse al cuadro. Se le proporcionaba esa belleza, que unas veces estaba apoyada en unos grandes planteamientos estéticos y otras en nada, en lo sentimental. Se ha falseado mucho con respecto al espectador, pero con respecto al artista no ha habido problemas porque la belleza siempre ha estado sujeta a unos planteamientos estéticos rigurosos.

            - ¿Qué significa el espacio para usted?

            - Se ha dicho que el espacio es el hombre, se han dicho tantas cosas que... Que el destino es el hombre, que... todo es el Hombre. En la pintura, a través del espacio, se podrían catalogar cronológicamente todos los estilos de la estética, a través del espacio, de la concepción del espacio, espacio íntimo, espacio cósmico, espacios más o menos exteriores, espacios interiores...

            - ¿Qué es el tiempo

            - ¿El tiempo hoy en día?

            - Sí, ¿qué sentido tiene el tiempo?

            - La pregunta que me estás haciendo me la haces después de salir del hospital, de un gran cólico pancreático-nefrítico, así el tiempo ya tiene otro sentido totalmente distinto. Pero en la estética, a nivel teórico, siempre ha funcionado. El espacio-tiempo siempre ha funcionado en el arte. En Picasso, en el Guernica, está presente el espacio tiempo... Siempre ha sido un problema de la pintura, de la estética.

            - De Barquisimeto, en 1955, a La Laguna, 1998, ¿qué hay en todo ese tiempo de entrega a la vida?

            - Desde Barquisimeto hasta ahora siempre he estado trabajando, un trabajo infatigable en la enseñanza, en miles de cosas..., pero casi siempre con la idea de mantener la pintura en su acepción más pura, más independiente. Me he permitido ir haciendo mi propia pintura, que ésta tenga interés o no interés ya no depende de uno, pero lo que sí depende de uno es hacer de la pintura el pozo donde podamos depositar su propio tiempo, su propia humanidad y su propio concepto de la vida y de la realidad.

            - Se definiría como trabajador...

            - Pues sí, trabajador a contrapelo, porque realmente no creo que haya trabajadores vocacionales; otra cosa es el trabajo de la pintura que ya es vocacional, entonces uno no lo considera trabajo, aunque lo pasas bastante mal en ciertas ocasiones, según salgan o no salgan las cosas...

            - Porque es una maldición…

            - Sí claro, si no se llamaría otra cosa, idilio o…

            - ¿Se le van las horas cuando pinta?

            - Cuando pinto se me van las horas, a veces muy enfadado, a veces muy... muy... más contento porque las cosas salen como uno piensa que deben salir. Otras veces no salen de ninguna manera.  En fin, es un trabajo interesante en el sentido en que te vuelcas en él y en eso, como en todas las cosas de la vida, tiene sus ratos buenos y sus ratos malos.

            - ¿Pintaría con un ordenador?

            - ¿En un ordenador? He intentado hacer cosas con mi hijo pero ya esa estética no la domino... No quiero meterme en ella, porque todavía me falta muchísimo de mi propia estética, seguirla no digo perfeccionando, porque en el arte no hay perfeccionamiento, sino que necesito volcarme en ella a ver si logro algo. Para pasarme a otras estéticas que son muy actuales, ahora tendría que hacer un aprendizaje de todo eso y no tengo tiempo, no tengo tiempo para eso.

            - Ha vuelto a salir el tiempo...

            - ¡Con mi pintura tengo suficiente!

            - ¿Y qué le sugiere la palabra amistad?, al margen de la última película de Spielberg.

            - La amistad forma parte de la biografía de uno, de la vida. Sin amistad me imagino las biografías totalmente áridas, totalmente vacías.  Ahora mismo se acaba de ir Luis Feria con el que tuve amistades, a veces enemistades, pero que lo quería muchísimo... o Jesús Hernández Perera. Son gente que se van desgajando de nuestra biografía, lo que quiere decir que nuestra biografía estaba llena precisamente de esas amistades, de las que a uno le importaban, de todo lo que daban y comprendían. Uno se peleaba o no se peleaba, dependía de ellos, es decir, uno se pelea con los hermanos, con gente que quiere, no se pelea uno con un señor que es desconocido...

            - Parece que, en ese sentido, el mundo se nos queda medio vacío. ¿Cree que el intelectual a final de este siglo ha muerto como tal?

            - Yo creo que no, que nunca ha muerto. Siempre se han dicho esas cosas, en el ámbito de la muerte, el utopismo, etc, etc...

            - Pero es que el intelectual era rabioso, se enfrentaba contra todo, era capaz de...

            - No, lo que pasa es que había épocas de menos información, no estaba la gente atiborrada por tanta información. Entonces los intelectuales se levantaban en cúspide, ahora es tanta la información que para que un intelectual levante la cabeza y diga cosas, ¡que las oiga todo el mundo!, es un poco difícil. Hay intelectuales que siguen dando la pauta del pensamiento universal y esa pauta es siempre subversiva, si no no es pensamiento.

            - ¿De qué nos salva el triunfo, si es que nos salva de algo?

            - Bueno, el triunfo no creo que salve de nada.

            - El éxito, entonces...

            -¿El éxito?, pues resulta que es el final de un camino que a lo mejor alguien se propone conseguir y lo consigue. En el momento de conseguirlo, se da cuenta de que no consiguió nada. El triunfo en abstracto es la meta, es el término final de esa carrera en la que nos va empujando todo el mundo, pero la mayoría de las veces, al conseguir el triunfo, te das cuenta de que no has conseguido nada de nada. Lo mejor del triunfo es tenerlo siempre alejado y no conseguirlo nunca.

            - Última pregunta que, en realidad, es la primera: ¿qué es la pintura?

            - A Pepe Hierro una vez en el Ateneo le preguntaron qué era la poesía. Pepe, después de pensar mucho, dijo que la poesía era escribir lo que no se podía escribir. Pues  la pintura es pintar lo que no se puede pintar.  Al llevarlo al lienzo, y si alguien está  frente a esa obra de arte,  dice: ¿cómo ese señor hizo eso, si es imposible hacerlo? Eso es, pintar lo que no se puede pintar...

            - Ha sido un placer.

 

(Entrevista realizada por Alberto Omar Walls para la Revista de la Universidad de La Laguna, RULL, diciembre de 2004)

LÁZARO de Luis Cernuda

Me interesa mucho la poesía de Luis Cernuda . Es uno de los poetas más grandes del siglo XX, y eso que no fue invitado a formar parte de la llamada Generación del 27. Pero el tiempo pone a cada quién en su lugar. Les transcribo aquí este excepcional poema, Lázaro, animado por el deseo de compartir algunas de mis preferencias. Lo podrán oír en youtube en la siguiente dirección:

http://es.youtube.com/watch?v=c_yAtqHdoGc


Era  de madrugada.                                                        

Después de retirada la piedra con trabajo,

Porque no la materia sino el tiempo

Pesaba sobre ella,

Oyeron una voz tranquila

Llamándome, como un amigo llama

Cuando atrás queda alguno

Fatigado de la jornada y cae la sombra.

Hubo un silencio largo.

Así lo cuentan ellos que lo vieron.

 

Yo no recuerdo sino el frío

Extraño que brotaba

Desde la tierra honda, con angustia

De entresueño, y lento iba

A despertar el pecho,

Donde insistió con unos golpes leves,

Ávido de tornarse sangre tibia.

En mí cuerpo dolía

Un dolor vivo o un dolor soñado.

 

Era otra vez la vida.

Cuando abrí los ojos

Fue el alba pálida quien dijo

La verdad. Porque aquellos

Rostros ávidos, sobre mí estaban mudos,

Mordiendo un sueño vano inferior al milagro,

Como rebaño hosco

Que no a la voz sino a la piedra atiende,

Y el sudor de sus frentes

Oí caer pesado entre la hierba.

 

Alguien dijo palabras

De nuevo nacimiento.

Mas no hubo allí sangre materna

Ni vientre fecundado

Que crea con dolor nueva vida doliente.

Sólo anchas vendas, lienzos amarillos

Con olor denso, desnudaban

La carne gris y fláccida como fruto pasado;

No el terso cuerpo oscuro, rosa de los deseos,

Sino el cuerpo de un hijo de la muerte.

 

El cielo rojo abría hacia lo lejos

Tras de olivos y alcores;

El aire estaba en calma,

Mas temblaban los cuerpos,

Como las ramas cuando el viento sopla,

Brotando de la noche con los brazos tendidos

Para ofrecerme su propio afán estéril.

La luz me remordía

Y hundí la frente sobre el polvo

Al sentir la pereza de la muerte.

 

Quise cerrar los ojos,

Buscar la vasta sombra,

La tiniebla primaria

Que su venero esconde bajo el mundo

Lavando de vergüenzas la memoria.

Cuando un alma doliente en mis entrañas

Gritó, por las oscuras galerías

Del cuerpo, agria, desencajada,

Hasta chocar contra el muro de los huesos

Y levantar marcas febriles por la sangre.

 

Aquel que con su mano sostenía

La lámpara testigo del milagro,

Mató brusco la llama,

Porque ya el dia estaba con nosotros.

Una rápida sombra sobrevino.

Entonces, hondos bajo una frente, vi unos ojos

Llenos de compasión, y hallé temblando un alma

Donde mi alma se copiaba inmensa,

Por el amor dueña del mundo.

 

Vi unos pies que marcaban la linde de la vida,

El borde de una túnica incolora

Plegada, resbalando

Hasta rozar la fosa, como un ala

Cuando a subir tras de la luz incita.

Senti de nuevo el sueño, la locura

Y el error de estar vivo,

Siendo carne doliente dia a día.

Pero él me había llamado

Y en mí no estaba ya sino seguirle.

 

Por eso, puesto en pie, anduve silencioso,

Aunque todo para mí fuera extraño y vano,

Mientras pensaba: así debieron ellos,

Muerto yo, caminar llevándome a la tierra.

La casa estaba lejos;

Otra vez vi sus muros  blancos

Y el ciprés del huerto.

Sobre el terrado había una estrella pálida.

Dentro no hallamos lumbre

En el hogar cubierto de ceniza.

Todos le rodearon en la mesa.

Encontré el pan amargo, sin sabor las frutas,

El agua sin frescor, los cuerpos sin deseo;

La palabra hermandad sonaba falsa,

Y de la imagen del amor quedaban

Sólo recuerdos vagos bajo el viento.

Él conocía que todo estaba muerto

En mí, que yo era un muerto

Andando entre los muertos.

 

Sentado a su derecha me veía

Como aquel que festejan al retorno.

La mano suya descansaba cerca

Y recliné la frente sobre ella

Con asco de mi cuerpo y de mi alma.

Así pedí en silencio, como se pide

A Dios, porque su nombre,

Más vasto que los templos, los mares, las estrellas,

Cabe en el desconsuelo del hombre que está solo,

Fuerza para llevar la vida nuevamente.

 

Así rogué, con lágrimas,

Fuerza de soportar mi ignorancia resignado,

Trabajando, no por mi vida ni mi espíritu,

Mas por una verdad en aquellos ojos entrevista

Ahora.  La hermosura es paciencia.

Sé que el lirio del campo,

Tras de su humilde oscuridad en tantas noches

Con larga espera bajo tierra,

Del tallo verde erguido a la corola alba

Irrumpe un día en gloria triunfante.

Yamil Omar, un gran artista

http://albertoomarwalls.blogspot.es/img/YamilyAlberto.jpg

Alberto y Yamil

 

                        SOLIDEZ DEL VACÍO

 

Y somos sólo barro

Con el que el alfarero moldea formas.

Es un mundo soñado por dementes.

Y, nosotros, colores

En la marea ondulante de miembros destrozados.

            Badr Sakir al Sayyab [1926-1964]

 

 

            La libre expresión plástica del gran artista que es  Yamil Omar puede conllevar parte de las mismas ilusiones de super libertad expresiva que han utilizado prácticamente todos los movimientos románticos de los últimos doscientos años. Discurramos las miradas sobre el sillar enjalbegado de los paramentos donde se asientan las obras de Omar, para constatar que en su estético volver al seno de los primeros brotes de la libido humana halla significado la explosión colorista cuajada de elementos icónicos, supuestamente indiferenciados, que balancean sus cuerpos estilizados sobre un terso alambre: punto divisor de los dos grandes mundos tenidos por el interior y exterior del artista.

            Fuentes de colores, tanto sincréticas como analíticas, están a disposición del artista adulto, quien conjuga en su historia personal todas las primeras infancias que subyacen en su hombre actual: espacio donde arte concreto o abstracto expresan sus aspectos fantásticos. Se irrumpe, no obstante, en medio de una sincronía abstracta, colgándose en el vacío aéreo, dinámico, que también se cuela por los intersticios de las formas indiferenciadas que los colores de existencia cristalizan en el cuadro.

            Sería asaz ingenuo tener que justificar el genuino arte emergente de las paredes de cualquier caverna infantil, tanto como negarle al cuadro, bidimensional, su profunda vocación volumétrica. Lo quiso redescubrir la fotografía en claros y oscuros, pero lo ha estabilizado el cine, a fuerza de invertir sumas ingentes para llenar la vaciedad de la pantalla acercándola a la realidad alcahueta del espectador con oídos tipo dolby, enamorado  pasivo de una butaca.

            Lo indiferenciado puede ser simbólico, a través de donde se cuelan todas los intentos de interpretación: primero Freud y luego Yung -con más compasión por el ser y su sexualidad creativa que se expresa a veces a dentelladas y contracorriente. También aquí, en la obra de Yamil Omar, se encuentran símbolos en la misma proporción que hemos de aceptar el carácter liberador -¿demiúrgico?-, pero sobre todo catártico de su acto de crear, dejándose ir en la conjunción simétrica de elementos tan antagónicos y primarios como el macho y la hembra, la muerte y el sexo, la tierra y el aire, el rostro en el espejo y la nuca que no verás nunca...

            Pero Yamil no tiene una postura neutral. Desde hace años alarga las figuras, aunque inspiradas por la espontaneidad, implicándolas en un territorio que se nos imagina casi sin fronteras. El tratamiento de las formas, a veces encerradas en los cubículos aparentemente amenazadores; el sublime sentido del humor; los pequeños detalles que sólo la inteligencia muy sutil los descubre; y el juego permanente, junto a la provocación a la participación, ¡todos!, todo va más allá de la sorpresa...

            Siempre la sorpresa, advirtiendo de la expresión de un espíritu colorista que se autodestruye para recomponerse desde el vacío concentrado en el baúl inesperado, en una nada pintarrajeada, en un objeto-sujeto no muy alejado de su profunda autenticidad, de su verdad más primigenia.

            Parte de la gran maestría de Yamil estriba en hacernos creer que lo que hace en el diario trabajo de estudio, y nos muestra luego en sus formas cuajadas de colores, es un simple juego de niños. A ese supuesto engaño de apariencias, jugaron también en su momento, entre otros muchos sabios, el gran Picasso o el travieso Miró.

            En verdad, nunca se vuelve al principio, porque es un territorio que jamás se abandona. El artista sabe ejercer el patriciado especial de enhebrar con maestría, y desandar laberintos cifrables, sólo a través de sus códigos. Dédalos con que nos ofrenda sus hallazgos estéticos, desde el gran placer  de la obra adulta, erotismo batallador pero también sublimado.

            Si lo recordamos a tiempo, y no nos ponemos nerviosos, todos sabremos que sólo se puede salir del laberinto por el centro...

 

Pérez Minik, tan claro y generoso

"La canción del morrocoyo de Alberto Omar",

                                              Por Domingo Pérez Minik

 

De la noche a la mañana. Alberto Omar, de tan contrapuestas actividades artísticas, todas muy suficientes, obstinadas y valiosas, se nos ha puesto a cantar la canción del morrocoyo, como si tal cosa, y ha escrito una novela. A primera vista, de cerca o de lejos, esta novela se nos aparece cargada con los más extraños contenidos, formas y actitudes, desde la incorporación de un morrocoyo a la narrativa, con su voz de tenor lírico y su fascinante aria melodramática.  Este pequeño reptil, sabio, gracioso y encantador, cuyo nombre no encontramos en los diccionarios corrientes, americanos e insular, pero que todos los canarios conocen muy bien. El inicial gran trabajo de los lectores de esta obra insólita es saber adecuar su oído a esta música con sus palabras reunidas en una partitura que Alberto Omar nos ofrece con la mayor desfachatez, inocencia y elegíaco humor.

Es una novela de sorpresas, pero de sorpresa de verdad y no de mentiras. A pesar de todo lo dicho, su marcada originalidad, la gente en general ha recogido muy bien La canción del morrocoyo, se acostumbra pronto a su melodía y es fácil encontrar ya muchos aprovechados que la tararean con mucha soltura. Siendo una obra de carácter casi inclasificable, los críticos, con famosa unanimidad, han respondido con criterios muy semejantes, sin discusiones, sin conflictos domésticos.  Lo que ha dicho Eduardo Westerdahl ha coincidido poco más o menos con lo afirmado por el autor de la introducción, Femando G. Delgado, y lo escrito por Jorge Rodríguez Padrón, Armas Marcelo, Marcos Ricardo Barnatán, desde Madrid, y Juan Cruz Ruiz, en estas páginas de El Día. Lo que quiero decir: resulta raro que un morrocoyo cante, pero una vez entonada la canción todo el mundo la ha comprendido como el fenómeno más natural de este mundo. Hecho inconcebible en un libro que al parecer no tiene ni pies ni cabeza, está siempre insertado en el cuerpo desmadrado del absurdo menos convencional y las incompatibilidades de su composición se perciben inmediatamente.

Estas incompatibilidades se manifiestan por esa mezcla osada, divertida o atrabiliario de la narración, con el guión cinematográfico y el diálogo teatral más sabido. Enfrentado con tantas antítesis, el lector sigue en sus trece y con la mayor cordura llega hasta el final que lo mismo puede reconocerse muy claro como muy oscuro.  Pero en este estado paradójico de cosas hay algo que lo ata todo, se facilita, hasta fundirse como una muy acabada historia tradicional, con su discurso lógico y su trayectoria regular. Este morrocoyo con su caparacho convexo, también rugoso y sus cuadros amarillos es Ezrael Román, el héroe de nuestra novela, un parentesco que descubrió desde 1a primera hora Alberto Omar, con su descaro de tan buen educación.  Este descaro está presente en 1a página número uno de la obra, en cada una de ellas, hasta el final esperado con su olor de queso metafísico. No creemos que nuestro autor se divierta cruelmente con todo lo que aquí pasa. Ignoramos si él mantiene alguna actitud moral.  Es más, desconocemos si esta gran juerga llega a ser verdaderamente seria, si sólo se convirtió en una enmascarada más o si a partir de ese ahorcamiento del protagonista, Alberto Omar no hace sino llorar a lágrima viva, sin que nosotros nos enteremos, debido a su muy tierna introspección. Cada personaje de La canción del morrocoyo Merece un capítulo aparte.  El espíritu de fabulación del narrador es ilimitado, lo mismo en lo que afecta a los relatos tipo «collage», que al orden de sus criaturas o a los ingredientes de la composición.  Parece una novela de un escritor poseído de una larga experiencia y también la producción del inocente descubridor de una nueva escritura.

Ezrael Román está hecho con los detritus de los materiales de muy distintas procedencias, pero en la novela se verifica su ensamblaje personal al mismo tiempo que se desintegra para crear de forma ovípara muchos sucesores individuales, una herencia legítima, la familia mejor avenida, con sus cielos cumplidos y los «ricorsis» inexorables.  Cada cuadro se puede leer con mucha independencia, se sube y se baja el telón, empieza la nueva escena. Hasta que llegamos a la última página, se está percibiendo siempre una ausencia de unidad constructiva, antiaristotélica, la seguridad de un indiscutible manierismo que en todo momento nos va intranquilizando.  Pero mejor, vistos los hechos, todo este mundo difuso, confuso y profuso, cuando la única heredad dejada por Laura, Ezraelín, aparece sentado en el Parque de los Cien Olores, con su padre, Ezrael, cumplida ya su misión, nos damos cuenta cómo la metafísica de la historia de Juan Bautista Vico ha presidido la conjunción de esta novela, la idea del retomo cíclico, desde los tiempos primitivos, la época heroica y la república popular libre, para empezar de nuevo, con el inexcusable orden de la Providencia.  Pero sí debemos afirmar que nuestro autor, en el momento que escribe la postrera palabra del libro, se siente muy contento, como en un estado de pureza, desprendido de toda dialéctica, pero satisfecho de que el “ricorsi” del filósofo italiano le servirá para conservar la conciencia tranquila.  La conciencia tranquila de habemos inventado una escritura no corriente, una narración que se las sabe todas, el creador de un héroe significativo que enseguida cualquier lector puede señalar con el dedo sin ninguna vergüenza. Percibimos un indiscutible fatalismo, la desgarradura de la criatura humana, la importancia de ser para los demás, pero también se nos asegura que aunque perecemos sin realizamos, mañana nos volveremos a recuperar para que la historia comience de nuevo.

Se ahorca con una corbata, la ata a la primera argolla de la lámpara y se deja caer. Todo muy tradicional. Mientras todo esto sucede piensa en alta voz, el viento entra por la ventana y sacude el cuerpo inerte de Ezrael Román. Por fin el cuerpo queda detenido totalmente desnudo con un calcetín verde en su pie izquierdo. Lo establecido por la literatura anterior queda roto. El color morado le sienta muy a nuestro suicida.  Llega doña Lucía, la señora de la pensión, más tarde se nos presenta el sortilegio, la conversión mágica y la resurrección. Una escena amorosa con la anciana trasmutada. Una novela gótica inglesa, el cuadro del disparatado Lovecraft, el de los Cuentos de Cthulhu, o la última incorporación del absurdo de Samuel Beckett.  Frente a todos estos nombres tan significativos, serios y macabros, Alberto Omar levanta su fábrica narrativa derrochando el mejor humor coloquial. Sin precedentes en los relatos españoles contemporáneos, sin influencias de los hispanoamericanos del “boom”, campando por su cuenta y riesgo como un buen europeo por los dominios de la imaginación, pero irreal, mágico, fantasmagórico. A pesar de todo, no pierde ni por un momento la inmediata presión de una realidad muy premiosa. Todos los personajes, desde Ezrael Román hasta Praxes Dato, Daniel Zujnglio, Renata, el Jefe, Doña Lucía, los niños, los soldados hasta llegar a Laura, la máxima revelación de una figura hermética, pero tan concreta, como inventada sobre los residuos criaturales de Ofelia, Margarita y Doña Inés del alma mía. Aquel humor fijado al comienzo del libro va abriendo sus arroyos, amplía su caudal de agua, humedeciéndolo todo, con sus hierbas, flores y frutos muy maduros. Un humor verde lechuga para componer la más sabrosa ensalada. Mientras escuchamos siempre detrás de las bambalinas la canción del morrocoyo, con su suspiro en lo profundo del mar y esa voz que nos dice, “con el tá, con el té, con el toma... “, paródica, absurda, totémica, inefable, al revés, para divertir, reprender y confundir a todos los lectores.

La verdad es que tiene mucho de ángel exterminador esta novela de Alberto Omar. Como si quisiera atemorizamos. Pero en el fondo el canto de los serafines termina por apoderarse de toda la partitura. Casi siempre lo autobiográfico no nos importa, la historia no nos importa, la moral no nos importa. Como si sólo nos preocupase la manera de hacer, de escribir, de componer tan incompatibles elementos bases. Un cubo que se ha llenado de los más extraños desperdicios. Al principio se ven desparramados en la calle sin orden ni concierto. La técnica de trabajo de Alberto Omar no es fácil de identificar. Nos tenemos que contentar con la realidad obtenida hecha de diapositivas, espectroscopias y radiografías. Allá quedan los maestros Beckett, Broch, Shehadé.  El lector ha de manifestar en toda esta tarea un argo espíritu de compromiso, buena voluntad y gusto de la aventura, para lograr el mejor revelado de cuerpo entero.  La canción del morrocoyo nos presenta tres figuras, Ezrael Román, Laura y Praxes Dato, que no se encuentran en nuestra narrativa así como así, por su incitante mezcla de ternura, crueldad, salvación y exterminio, parodia y tragedia bien ayuntadas, todo montado con sutiles experiencias sobre un escenario donde la realidad y el sueño se con­tradicen, se deshacen y reviven para cumplir su inexorable primer lunático viaje de ida y vuelta, con su puerta abierta para empezar de nuevo.

             [Domingo Pérez Minik, El Día, “Diario de un lector”, 22/10/1972]

 

 

 

Joven feo en primavera...

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             Le dijeron que era feo y se lo creyó. También se había creído que era poco inteligente, vago, torpe, nada ágil para jugar al fútbol, y que nunca sería un buen deportista. Siempre alguien tira la primera piedra, luego te da lo mismo todo: las evaluaciones que no suben, el profesor que siempre te tranca hablando con alguna chorva, en la casa que todo huele a hipocresía, que a la piba le das asco porque dice que sólo piensas en lo mismo y, sobre todo, que el futuro se cierra cuando la abuela, aún queriendo apaciguar, cuenta que tienes mala suerte porque naciste en medio de un eclipse de sol.

            ¿A quién importa que sea un patoso, que tropiece y rompa objetos para llamar la atención? Cuando les dice por lo bajo a los viejos que deja de estudiar, que eso no es para él, en casa todos se ríen despectivos y comentan: ¡con este niño no hay quien pueda!, ¡haz lo que te apetezca!, ¡te damos por im-po-si-ble! Es trágico descubrir a un adolescente cuando queda con la mirada perdida y los ojos llorosos reflexionando, sin comprender, sobre el lapidario término imposible. Vio a los chicos jugar en la calle y apenas se inmutó, tampoco cuando descubrió por la acera de enfrente a la piba salpetilla que le hacía brincar el corazón y escarbarse con la derecha entre los calzoncillos, pero no se movió del sitio; hasta pasó de su colega inseparable, aunque también fuera un tío imposible como él. Le dio mil vueltas a las bolas hasta que le dolieron, mientras pensaba que si le han dado por imposible, querría decir que no es posible, y si no soy posible es que no existo y al no existir... Pero si no existo, ¿por qué he estado haciendo lo que hago?, ¿y si soy imposible, por qué me he esforzado en comportarme como ellos querían? Se repetía: ¿pero imposible para quién? Para ellos, que deseaban moldearlo desde sus propios caprichos y desesperanzas. ¿A quiénes les había pedido que le trajeran al mundo?

Esa tarde cogió el MP4 de su hermano y se encerró en el cuartito de la azotea. Durante cuarenta minutos estuvo largando por la boca todo lo que le venía en gana. Eran las ocho de la tarde y si bien estaba ya cansado de hablar, aún seguía mareado por la rabia, ansioso por el miedo a la soledad y deprimido por estarse odiando tanto. Tras cascársela con furia, pudo quedarse dormido sobre el sucio colchón de bebé de la azotea. Ese fue su primer día de sentirse auténticamente Imposible. A la mañana siguiente, cuando iba para la cocina a mendigar el desayuno, le entró ganas de llorar y recordó una frase de hacía tiempo: ¡los hombres no lloran, pues se ponen más feos aún! Ya lo tenía, imposible quería decir que era una cagada, que su rollo no era guapo. Y salió a la calle sin desayunar ni lavarse siquiera. ¿Para qué, si era feo? Tuvo lo que él llamó una luz cuando estaba en la plaza del barrio: no puedo ser imposible del todo porque soy feo, y eso, al menos, es algo. Había que defenderse contra la neblina y las sombras, había que luchar por ser algo, con voz, manos y cuerpo. Desde entonces no tropezó más casualmente con las cosas, porque las tiraba o rompía adrede. Ostentaba su mueca más fea en la carcajada porque suponía que el grito de guerra tenía que ser tan feo como él.

Se hizo llamar El feo. ¿Quién rompió las farolas y regó las bolsas de basuras por el suelo? ¿Quién dejó los grifos del agua abiertos? ¿Quién se pegó a matar con otros chicos del mismo barrio? A pesar de las espinillas en la cara, se empató a una piba que le gustaba birlar los autos. Él no lo había hecho nunca, pero la chocha le tiró del cariño y gracias a ella había dejado de cascársela. Al cuarto intento de robar, los trancaron. Y se hizo su vida una bola de nieve que iría cayendo cada vez más. Al cabo de los cinco años, joven aún y cuando parecía que su ego autodestructivo le confería un nuevo ente posiblemente más canalla aún, sin saberse cómo, le segaron la vida en medio de una reyerta callejera.

Viéndose muerto en primavera lloró abiertamente, importándole poco comprobar que en ese momento sí que estaba poniéndose muy, pero que muy feo...

            [del libro El árbol sobre la roca de Alberto Omar Walls, Ed. Idea, 2008]

Sagrados dientes

  

Hace un millón de años...

 

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            Se trata del Diente de un preneandertal. Los arqueólogos hallaron en Atapuerca, en la Gran Dolina, unos restos fósiles de ochocientos mil años de antigüedad, pertenecientes a un grupo de homínidos que bautizaron con el sugerente nombre de homo antecesor. Junto a los restos preneandertales de nuestros olvidados bisabuelos se encontraron también los fósiles de unos animales de gran tamaño. Se afirmó con aquel encuentro, hace ya más de diez años, que este hombre ‘antecessor’ pudo ser la especie que colonizó Europa en el ejercicio de su juego trashumante que abriría caminos para la dispersión de la primera raza humana, desde África a Europa pasando por Asia. Pero en el verano pasado se halló un Diente de homínido que vivió en esos lugares burgaleses la friolera de un millón doscientos años. Lo que situaba a su propietario en el europeo más antiguo previsto hasta el momento. Al dejarse descubrir en la tierra por una arqueóloga, ¿el solitario premolar buscaría a su dueño o a quien se lo comió? Porque nuestros antepasados practicaban el canibalismo. ¿Acabaremos sabiendo quién se comió a ese joven de veinte años, o si murió de muerte natural, con lo natural que fueran las muertes de entonces? No es relevante, pero sí el que un Diente recorre el mundo buscando a su dueño. Toda seña de identidad empieza por el genoma de un premolar. Ciertamente, la arqueología es una ciencia del futuro.

            El Diente sagrado: antes de morir Buda, símbolo de tolerancia y pacifismo, le extrajeron tres dientes. Dos de ellos fueron enviados al Más Allá, el tercero quedó en este mundo custodiado por la ciudad de Sri Lanka. Es una reliquia que atrae a millones de devotos. Múltiples capas de oro y piedras preciosas guardan celosamente el sagrado Diente. Los millones de budistas que lo veneran sólo pueden besar el cristal de seguridad que, como la capa exterior de una mística cebolla, recubre el testimonio arqueológico de un santo. Ese regalo de lo divino a la posteridad, el Diente de Buda, es otra seña de identidad humana. Ciertamente, la fe es una ciencia del futuro.

            El Diente de un Niño: el niño babea y está impertinente. Llora a la primera de cambio. Se mete lo que encuentra en la boca y lo muerde con rabia y desespero. Se le está formando la dentadura y la carne de las encías se resiente al ser empujada por la corona del marfil nuevo. No sabe aún que también le ocurre a todos los niños del mundo. Tampoco puede imaginar que ese simple hecho, junto al terrible dolor que le provoca, aúna en un mismo territorio poemático todos los pasados y futuros del hombre en la tierra. Ciertamente, el Niño es la ciencia del futuro.

            Tampoco sabrán ninguno de los tres dientes, el de Atapuerca, el de Buda y el del Niño anónimo, que sus arqueológicas células ayudarán quizá a reconstruir en el futuro, clónicamente, los cuerpos ocultos de sus propietarios. ¡Sagrados dientes!

                                                                                                         Alberto Omar Walls

 

Primer libro de una noventona...

 Mariposas de papel, de Amparo Walls Hernández (Novedad)

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             Recientemente, a instancias de dos de sus hijos, empezó a redactar sus recuerdos.¿Para qué? Pues para experimentar muchas sensaciones dormidas, darle movimiento al cerebro y voluntad al vivir. Pero sobre todo para regalar a sus hijos, nietos, bisnietos, descendientes y lectores  este ramillete de aromas del pasado, este airecillo fresco.  Para que con los sabores y los olores de otras épocas recuperemos la ternura que aún late  y parpadea en nuestro interior haciendo resurgir el familiar y entrañable tesoro de ideas e ilusiones. Se pregunta la autora al comienzo de su libro:

            ¿Porqué este tiempo de memoria?

            Dice su autora, en el prólogo del libro, que tiene "ahora mucho tiempo para pensar y recordar. Supongo que les ocurrirá lo mismo a todas aquellas personas que ya no tienen las mismas fuerzas físicas para ocuparse y preocuparse de las muchas cosas de la vida cotidiana. He sido un ama de casa con todas las consecuencias además de gestar, parir y cuidar a mis seis hijos. Más, simultáneamente, trabajé siempre en la tienda con mi esposo. Mi gran satisfacción fue tener contento a quien era mi pareja y educar de la mejor manera a nuestros hijos. Cuando se te va el compañero de toda la vida, se te produce un hondo vacío y comprendes entonces que una gran parte de la vida la has dedicado a los demás. Por eso, con el tiempo, aceptas que el enviudar te ha permitido entrar en la vejez preocupándote un poco más de ti misma. Cociné a diario hasta hace muy poco, pero apenas unos tres años atrás decidí que no volvería a cocinar nunca más. No fue un capricho, sino que constataba la imposibilidad de estarme de pie firme delante de la cocina mientras hacía las frituras o comprobaba bullir los guisos en los calderos. Desde entonces cocinan mis hijas Marita y Amparo, también Mari o Yolanda, la señora que me acompaña. No es que me considere inútil, pero ya no soy la misma de antes. Aunque el cuerpo no me responda y se manifieste rebelde expresando desde hace tiempo sus inconformidades y desajustes a través de los dolores, yo me siento aún por dentro como si fuera una jovencita, llena de ideas e ilusiones. Debido a la diabetes, las piernas se me han ido poniendo torpes hasta que ahora me cuesta mucho moverme por mí misma, aunque ayudada con el traca traca sí que puedo desplazarme con cuidado por toda la casa. No sé tanto si es físico o mental, pero reconozco que el temor a caerme me hace prudente. Salgo poco en otoño e invierno a la calle, por miedo a los cambios de aires, y porque a la primera de cambio cojo resfriado o bronquitis, ambos con la misma facilidad. Por eso digo que tengo más tiempo ahora, obligado, para pensar y recordar. Y cuando te vienen los recuerdos del pasado, una y otra vez, sorprende darte cuenta que a veces los sientes tan vivos como si los experimentaras de nuevo. Aunque creo que escogemos aquello que deseamos revivir. En su mayoría son escenas pacíficas y nobles las que me vienen a la memoria, quizá porque las otras que me resultaron desagradables ya están olvidadas o perdonadas y disueltas en el ancho mundo del pasado, de lo que ya no existe. Pero si aquí me he decidido a recordar en alta voz algunas, es porque las tengo muy superadas y las expongo porque forman parte de la cara y el envés de mi larga vida.

        Me agrada sentir la sensación de que he sido feliz a lo largo de tantos años, y no es que no haya tenido experiencias auténticamente negativas, pero hay algo en mi interior que tiende siempre a ponerle bálsamo a las asperezas y un ungüento mágico a las heridas. Es curioso, las cicatriza sin dejar rastro alguno. Todo ser humano tiene en lo más oculto de su ser una herida profunda que a veces surge a la superficie para que nos demos cuenta de su existencia e insistamos en conseguir sanarla. Creo que no hay mejor medicina para cualquier herida del pasado, que el perdón. Empeñarse en experimentar en nuestro interior el permanente perdón por todo lo que nos haya hecho alguna vez daño, es la mejor fórmula para gozar de la paz interior. (...)   Es costumbre que grandes políticos, escritores o artistas, cuando entran en la vejez decidan redactar sus memorias. No es este mi caso, sobre todo porque no creo que sean imprescindibles para el mundo de hoy estos simples garabatos. Sólo he querido trasladarles a mis hijos, nietos y bisnietos, algunas imágenes o pinceladas que les fabriquen una idea aproximada de cómo me relacionaba con mi familia en aquellos tiempo que nos tocó vivir. Sé que se reirán, como yo misma lo he hecho recordando algunas de las anécdotas, y es posible que se emocionen también con algunas otras, lo importante es que me vean como un ser que experimentó sus experiencias con toda la entrega de la que fue capaz."

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Librerías donde puedes encontrar el libro

en tenerife: La Isla, Canarias, Ifara, Foro Literario, Cabildo, El Águila, Lemus, Universidad y la Librería de El Corte Inglés.

 

en las palmas: Librería Canaima y en El Corte Inglés.

 

 

 

 

 

Señas de identidad

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señas de identidad  

             

            Desapareció el teatro aficionado en Tenerife. Agrupaciones independientes mantuvieron durante años, en los barrios de Santa Cruz, la afición teatral. Sólo queda en pie de aquella época el Teatro Guimerá, exponente ahora de una actividad programada desde arriba. Mas en él no caben ya los grupos aficionados. Pero estupendo que estén naciendo salas teatrales en pueblos de la isla: Tejina, Tacoronte, El Sauzal, Guía de Isora, Los Cristianos... Y antes que se pierdan todos los recuerdos, podría surgir la idea de crear un museo o centro de documentación teatral, porque está por hacerse una recopilación de las historias individual y social que se produjeron en torno al Guimerá, Círculo de Bellas Artes, Paraninfo, Teatro Leal, el Viera y Clavijo, el XII de Enero… aunque muchas aportaciones sustanciales han hecho determinados estudiosos del acontecer teatral insular, como es el caso de Francisco Martínez Viera (Anales del teatro de Tenerife), Domingo Pérez Minik, Rafael Fernández Hernández, Manuel Perdomo Afonso, Sebastián Padrón Acosta, Luis Alemany, Salvador Martín Montenegro, Alfonso Morales y Morales,  Jorge Rodríguez Padrón... El magnífico actor Tito Galván Tudela nos recordaba que don Gregorio Chic, quien estuvo de Primer Portero en el Teatro Guimerá desde 1930 hasta el 61, recopiló y dejó para la posteridad un generoso legado de valor intangible incalculable reunido en veintitrés volúmenes: ¡muchos programas y fotografías depositó en el Archivo Municipal!

            Con sus avatares, gloria y penurias, desde hace ya 156 años, en el Guimerá han actuado famosos actores, actrices, cantantes y músicos. Traigo al papel algunos pocos nombres que ya no les dirá mucho a algunos, pero hay que nombrarlos: Estrellita Castro, Marcos Redondo, Enrique Borrás, Mariano Ozores, Alfredo Kraus, María del Carmen Prendes, Carlos Lemos, Alejandro Ulloa, Antonio Machín (debutó el sábado de gloria 8 de abril de 1950), Guadalupe Muñoz Sampedro, (madre de Luchy Soto y Luis Peña), Analía Gadé, Pastor Serrador, la tinerfeña de voz de oro Matilde Martín. Tres veces actuó la legendaria actriz María Guerrero, quien impusiera definitivamente en España que las luces de sala se mantuvieran apagadas durante toda la representación, hasta que llegamos a los artistas experimentales de sesenta, y las volvimos a encender para obligar a participar al público en nuestros juegos de provocación… Maruchi Fresno, Amparo Rivelles, Pepita Serrador y su hijo Narciso, Adolfo Marsillach, Nuria Espert, José Bódalo, Berta Riaza, y muchos más...

            Y ha sido ese edificio en el que también se desarrolló la producción generada en la isla y donde muchos de nosotros, cuando asumimos la entrega teatral, nos movimos en su escenario y, aunque sólo sea por la devoción y respeto debidos me vienen a la memoria nombres de quienes estuvieron sobre las tablas de su espacio escénico, fueran actor, autor o director: Eloy Díaz de la Barreda, Teresita Corbella, Manuel Escalera, Emilio Sánchez Ortíz, Yamil Omar, José Luis Fajardo, José Manuel Cervino, Paco Álvarez Galván, Pascual Arroyo, José Luis Maury, Elfidio Alonso, Gilberto Alemán, Maite Acarreta, José Luis García, Vicente Fuentes, Jacinto del Rosario, Fabry Díaz, Francis del Rosario, Domingo Velázquez, Fernando H. Guzmán, Ignacio García Talavera, Eduardo y Ángel Camacho, Marisol Marín, Agustín Paredes, Tito Galván, Sabas Martín, Celia Castro, Cipriano Lorenzo...

            Estos son sólo algunos nombres con los que convivió mi generación, y se quedan otros por reseñar porque es grande la lista, y lo será ajustada cuando se levante acta incluyendo también a directores, críticos y autores, programadores, responsables de las políticas teatrales y los públicos, a los porteros y técnicos, carpinteros y tramoyistas, a los maquinistas e iluminadores...

             En 1971 la especulación del suelo amenazó al Guimerá de demolición junto a la Recova Vieja para construir aparcamientos. Se hubiese repetido la lamentable desamortización, cuando en 1836 se les enajenó a los dominicos el Convento de Santo Domingo. Aunque parezca exagerado, me recuerda ese intento a las terribles maneras de las guerras de depredación étnica, levantando muros o cuando centros artísticos y de la cultura se transforman en objetivos prioritarios de la destrucción por parte del poderoso enemigo: lugares y obras de arte colectivas son destruidas porque precisamente forman parte de la identidad (inviolable) de los pueblos. ¿Quién no conserva el terrible recuerdo de Yugoslavia; de los Budas de Bamiyan, los museos milenarios de Irak, o Palestina, Líbano....? Olvido consentido o ignorancia también derriban nuestra identidad.  [El texto es mío, Alberto Omar Walls, pero aquí expongo dos maravillosas fotos del Teide, que me las envió Alexis Hernández, y las firma Daniel López]

 

 

Entrevistas con Fernando Gabriel Martín

 

 

Fernando Gabriel Martín, catedrático de Historia del Cine y Medios Audiovisuales de la universidad de la laguna (tenerife. españa)[1]

 

- El amor en el cine es uno  de los mayores engaños del siglo XX

- ¡Viva el amor consentido!

 

          El que entraba en aquel despacho a entrevistar al Catedrático de Historia del Cine y Medios Audiovisuales, quería indagar en aquel hombre sobre todo la clave del secreto del porqué enamora con sus clases a tantos alumnos. Sabía que para conseguir descubrirlo en tan inusitado arrobo debía indagar con sus preguntas allá donde nace la pasión de la palabra. A pesar de todo, quien allí entraba temía que sus preguntas no sirvieran de contraseña suficiente para inspirar en las respuestas el fuego del intelecto juntándose a los sentimientos. Fuera de la deuda a los dones cedidos por Prometeo, temía que un binomio tan simple como la relación pregunta-respuesta impidiera la posibilidad de llegar hasta el hombre profundo que sabía subyace en Fernando Gabriel Martín.

          Puede que fuera por eso por lo que quiso comenzar con una primera pregunta que quizá anulaba las dudas posibles: ¿Qué le gusta más de la vida? Respondió de inmediato: los amigos y el afecto, -luego, añadió- porque son la razón de la vida. Tampoco creo que pueda existir vida sin utopía, sin un sueño. Los que venimos de otra generación creíamos posible cierta utopía, un cambio, cierta igualdad, un nuevo sentido de la justicia, de la solidaridad... Comparo los alumnos de los 70 y principios de los 80, de una universidad muy comprometida con la realidad, y la universidad de hoy, que es una fábrica de títulos, donde el estudiante no es rebelde... No me refiero a una rebeldía estéril sino a una rebeldía de confrontación, de entendimiento... No planteo una crítica hacia ellos, creo que son víctimas, sin duda, de un sistema, de una educación...

         Quien lo mira, le interroga nuevamente: Goethe decía que a la vida hay que darle lo que la vida nos exige, ¿las exigencias se renuevan? La pasión le brota a borbotones por los ojos, y dice que no se puede vivir sin la poesía de la vida, que cree en la coherencia personal y en la ética personal, que vivimos una época que está llena de simulacros. Los valores perdidos no están enterrados, porque la historia es una maestra sobre todo para aprender lo que no se debe hacer... Se rompe la concentración porque el del magnetófono mira la cinta dar vueltas a través del cristal del pequeño aparato, y puede que el profesor interprete el rompimiento de la línea de las miradas como un cambio de intereses, por eso quizá le confiera a su tono un énfasis más acentuado cuando continúa diciendo: ..."Tengo un espíritu anarquista, creía que el verdadero estado del ser humano era el no poder, y aunque lo sigo creyendo ya no lo creo tan en voz alta, para no suicidarme ideológicamente, para seguir teniendo un agarre... el único clavo ardiente al que deben agarrarse los jóvenes con pasión, toda su vida, es la libertad pues ésa es la razón de la vida".

 

- ¿La pasión? -, le pregunta y la respuesta que escucha es tajante:

- No entiendo nada que se pueda abordar sin pasión. Cuando entro en clase se me produce un cambio de personas, doctor Jekill y mister Hyde, yo puedo estar muy mal, muy mal..., pero en clase se produce algo milagroso, se cierra la puerta y ya soy mister Hyde. En ese momento soy la persona más maravillosa del mundo, más entregada, más vocacional, más misionera, ¡quién me mire por una mirilla!... Yo mismo me asombro, ¡qué magia dar clase!

 

         Es la pasión..., ya no hay dudas de cuál era el secreto, por lo que la entrevista, quizá, podría acabarse ahí, pero él sabe que puesto que ha llegado hasta esos círculos íntimos de la persona no hay que abandonar, por eso decide dar media vuelta de tuerca más y pregunta:

- ¿Y el llanto?

 

         No sólo no se asombra sino que le responde con la máxima naturalidad, con la realidad más inocente diluyéndosele entre las miles de rayitas de la palma de la mano:

- Lloro mucho..., ¿te puedo decir una cosa?, cada vez lloro más, sí... y cada vez me gusta más, pero no desde el punto de vista masoquista sino porque es una expresión profunda del sentimiento, como reír. Lloro por las mañanas, lloro cuando me monto en el coche y a lo mejor en un momento me viene una imagen o un recuerdo o en ese momento me siento muy infeliz o veo un perro abandonado y lloro, veo una persona sufriendo o en la calle tirada y me salta la lágrima, y por supuesto en el cine a veces soy una Magdalena... lloré mucho en La delgada línea roja, porque vi como nunca la inutilidad de la guerra y la muerte de los jóvenes en relación con la patria, palabra que cada día...

 

         Al de barba de perilla, quien no paraba de tomar notas, le habló de la poesía, del amor en el cine, de la locura de amar en la vida misma, de la dificultad de la comunicación y de la tragedia de sentirse vivo cuando surge el desastre de la separación (“yo no quiero enamorarme nunca más, no es que no quiera... sí quiero, pero no quiero, no sé cómo decírtelo, quiero pero es que no quiero, o quiero porque no puedo o puedo porque no quiero”, de la libertad de elegir..., pero hacía rato ya que había tenido que cambiar la cinta, lo que el entrevistador aprovechó para preguntarle sobre uno de sus propios mitos preferidos: Segismundo o el mito platónico de la caverna, ¿sería ése uno de los primeros films que se proyectaron hace siglos? Es un guerrero, porque parece que su rapidez mental responde al ritmo de algún fuego subliminal:

- Sin duda!, la gran belleza del mito de la caverna es esa posibilidad de relacionar la creación con el sueño de la vigilia. Lo único es que el hombre fuera capaz de convertir esas imágenes en materia, y tardó 25 siglos en lograrlo, pese a que hubo muchos intentos en la pintura... Segismundo era un moderno y no sé cómo los surrealistas no conocieron a Calderón. Segismundo como metáfora es una idea absolutamente moderna. Sin sueños no viviríamos, moriríamos físicamente, el sueño forma parte incluso de la necesidad humana de la huída. La huída es la única respuesta a la desazón, suele ser la huída muchas veces mental, el viaje...antes que nosotros ha habido miles de hombres que también se han planteado los mismos problemas y que han tenido que reflexionar y han pensado en la utopía y han pensado en la isla desierta y han pensado en ser robinsones aunque sea dentro de su propia ciudad. Tal vez la historia sea cíclica y no hagamos sino volver sobre lo mismo.

 

- ¿El amor en el cine es más poderoso que en la realidad?

- Es profundamente represivo, el amor en el cine es uno de los engaños mayores del siglo XX. Los besos sin lengua, uno no puede comprender los besos en los que la boca no se abra. También para mí de pequeño era represiva la comida en el cine, nunca se comían nada del plato, yo decía: Dios mío y yo con hambre, en la butaca, ¿pero por qué no se lo comen? Es como la pornografía, que me parece el colmo de la represión. La pornografía es una especie de muralla imposible de saltar y sobre todo me parece el cine de terror más puro que hay, porque es monstruoso... La pornografía se creó para el cine antes que para el vídeo y debe entenderse que nos referimos a la imagen en ese tamaño; ver un pene, por ejemplo, o un pubis, o un seno, o un beso, a esa amplificación es realmente terrorífico, porque se exagera la escala, el canon, la proporción, y porque aquello es inhumano, queda en otro lugar y sobre todo los puntos de vista tan imposible cuando las cámaras se colocan debajo de los pubis, en las piernas crean expectativas de miradas que en realidad no son así, quiero decir, el sexo no es así como se representa, y entonces eso crea evidentemente en nosotros sueños, sueños que pueden terminar en una masturbación, o pueden terminar en el deseo reprimido.

 

         Se va el autor del lugar de la cita, es decir,  el intermediario de quien esto escribe. Anda pesadamente por los jardines de Guajara, evitando el viento frío que le azota en la cara. Se pone el magnetófono en la oreja para comprobar que todo está en regla, rebobina y el chirriar de la cinta en su retroceso se mezcla con el silbar del aire. Y escucha las últimas palabras de Fernando Gabriel Martín que surgen potentes, amplificadas:

- ...sobre todo el respeto a la persona... soy un enemigo de la violación, del forzamiento. Enemigo del amor no consentido... ¡Viva el amor consentido! 


[1] La otra cara de... fue una serie de entrevistas que Alberto Omar Walls realizó a determinadas, e importantes, figuras del mundo universitario.

 

Dolores Campos-Herrero

                                     la sonrisa de dolores campos-herrero

              Pocos saben sonreír, aunque hay muchas formas de la sonrisa. Al final de tu paso por la vida pocas esencias quedan del rostro, salvo el hecho de haber aprendido a sonreír con elegancia y haber trasladado a los demás la rúbrica de tus emociones

            La sonrisa como camino de sabiduría. Toda emoción tiene una respuesta en los músculos faciales, porque se sabe que el rostro es el espejo del alma. Es el alma una especie de entelequia que nadie ha visto aún pero que los escritores usamos con sobrada campechanería. Pero en ciertas personas se puede columbrar por encima del diminuto montículo de su excelsa sonrisa. En eso, Dolores, era única. Había amor en la sonrisa de Lola.

            Junto a su magnífica obra literaria, una gran capacidad de sonreír. La recuerdo siempre ofreciéndome en bandeja su singular sonrisa. Como un anzuelo que te arrobaba, debías mirarla más allá de cualquier otro reclamo. Esa sonrisa te limpiaba los cristales de la ilusión, haciendo añicos contra el suelo los hielos de años, y se derretía la sintaxis gélida de las diferencias. ¡Y sólo con la arriesgada presencia de su sublime sonrisa! Había amor en la sonrisa de Lola.

            Andaba sobre su sonrisa, y te daba de ella cuanto quisieras beber, sin cicaterías. Sonaba a agua cantarina y fresca borbotándole desde el rostro hasta llegar a donde anidaba mi sensibilidad, para allí despertar mi infancia dormida. Porque cada ser humano tiene una especie de bolsita donde se guarda la sensibilidad amorosa que le dieron a mamar cuando pequeño. Su sonrisa tenía el don de abrirla, por muy cerrada que estuviera, y luego, tú mismo, empezabas pronto a gozar de sus néctares y esencias.

            Sonrisa amorosa y calmada. Amorosa la sonrisa de Lola.

            Más arriba estaban sus ojos benditos que se quemaban de tanta inocencia herida. Aún en el fondo, los atinabas riéndose sus ojos risa. Le oías la voz que iba cabalgando sobre la sonrisa en el desbrozar de unas palabras de sonora cadencia, de inteligente fibra, de arriesgada mirada honda. De poder angelical, inefable, su Sonrisa.

            Generosa, comprensiva y respetuosa sonrisa, de querencia abrasadora. Un tul de brisa roja la envolvía, y más al fondo tintineaban todas las adolescencias prendidas en el columpiar de infancias. Pensé a veces que hubiera escogido el camino del dolor para así aprender a sonreír con tanta espléndida presencia, pero supe pronto que no, que parte de su gran sabiduría estribaba en haber alcanzado el don de permitir que su Alma sonriera a raudales. Oro molido era la sonrisa de Dolores Campos Herrero.

[Alberto Omar Walls]

 

 

Sangres en movimiento

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                                               Sinergias

 

            En el cuerpo humano la sangre está en movimiento continuo. Cuando para, se da paso a las enfermedades. Energía y sangre están en relación inversamente proporcional al movimiento. Si hace siglos decías que la sangre estaba en movimiento, te tachaban de brujo. Casi como ahora en otras cuestiones, pero el problema que conllevaban esas épocas es que te obligaban a apostatar de tus creencias (Galileo) o, si te obstinabas, te aupaban a la hoguera de la plaza de cualquier ciudad. 

 

            Y te quemaban en medio del regocijado público... No ha transcurrido tanto, pues aún en el intrincado universo de nuestro corto mundo mental, subyacen creencias anquilosadas y pérfidas junto a otras que apuestan por la libertad en expansión. Creemos que una de las buenas ideas es poner en relación a todos los componentes del cuerpo social. Harían falta unas grandes dosis de creatividad, solidaridad y el reconocimiento auténtico de la igualdad de las especies. Poner en buena relación a los seres entre sí, es propiciar que el progreso no invalide el poder del alma sutil de las cosas ni la intencionalidad última de nuestros actos. Millones de mariposas emigran desde Canadá a El Rosario (México) en barahúnda anual, empujadas por el instinto, quizá porque recuerdan que su sangre es de la misma vitalidad de la tierra que las empujaba a transmigrarse durante siglos.

 

¿Habrá algún tipo de razón ignorada, más allá del hambre, que empuje a juntar nuevas energías con viejas sangres estancadas? No es fácil aceptar la libertad incondicional para el progreso, porque hay advenedizos en los territorios de la sociedad y negociantes dispuestos a hacer ganancias con el dolor humano. Los rostros son de parecida catadura, aunque hayan cambiado rasgos y los atuendos sean diferentes. El hombre ha sido un depredador para el hombre, no ya un simple lobo al que se pudiera amaestrar a través de la educación (Sartre), sino un pernicioso instrumento que utiliza al prójimo para su beneficio.

¡Quién sabe si la España de 1653 se habría dado cuenta de que tocó fondo en su intento de mantener la consistencia de un país que tendía a desmembrarse! Esa decepción del mundo hispano del diecisiete, que se nos pudiera antojar demasiado lejana, recuerda a la padecida muchos años más tarde con los intelectuales del movimiento crítico y reformador del 98 enfrentándose a la corrupción de su tiempo (Costa, Ortega, Unamuno, Azorín, Cossío o Maeztu). En el primero caso, al irrepetible Barroco español, una vez perdida la unidad física española, le quedó la posibilidad de consolidar la unidad espiritual de un pueblo confeso y mártir en torno a la mística católica. Entonces, la decepción política robusteció la religión...

 

¿Qué quedaría hacer ahora?

Un pueblo pillastrón y hambriento se subía hace quinientos años a los altares para comer del único alimento que en verdad les saciaba: la espiritualidad. Pero no era una actitud auténtica, sólo fue impulsada por la imposición de las formas: la mística para los místicos, los demás sólo creían en el estómago. ¿Quizá como hoy?

Una vieja canción popular decía: ¿qué es aquello que viene por aquel cerro?, la cabeza del cura, la arrastra un perro. ¿Vendría bien a algunos un nuevo concilio que intentara corregir los excesos tanto del clero como de sus aliados, el poder político? Pero sabemos de viejo que nadie arriesga mucho para ganar poco. Todo se cuece y nada fragua: instante que se dilata.

Sublime cuadro el de Las Meninas: fantástica y terrible aquella definición plástica que se mostró a la sociedad de entonces, representada en algunos miembros reales, alfilerada en el corcho de las apariencias y en la lejanía de la mayor perplejidad humana posible. El genial maestro Velázquez pervive aún hoy en cada periódico, en cada diario, porque se expresan a través de las fotografías de prensa los testimonios cotidianos de sangres detenidas, congeladas, y las energías asustadas pululando por el tejido social sin saber adónde ir ni en dónde pararse...  

 

            El Hombre se equivocó empeñándose en inventar el tiempo.

            Lo de que el tiempo es oro lo acuñaron los idólatras del poder, del dominio social: eternos negociantes con las sangres y energías humanas. Son siempre los mismos quienes llevaron a las hogueras a los copérnicos y los que en estos tiempos adoptaron como puntos estratégicos de las guerras las bibliotecas y sus señas de identidad, junto a la destrucción de piezas incunables de museos milenarios. Esos mismos que no saben aún que necesitamos entrar en sinergia con otras energías, renovar las sangres con savias nuevas...

[Alberto Omar Walls]

 

MONDO CANE

 

         Nos invitaron al 7 Festival Internacional de Cine de Las Palmas para asistir al homenaje ofrecido a la memoria de mi amigo Javier Jordán, creador en TVE del programa Cine Canario. Redactaba en el avión un cuento que intitulé La garza y el cocodrilo y lo acabé en el hotel bien entrada la noche, tras haber visto por la tarde en el festival El camino a Guantánamo, del director Michael Winterbottom. Terrible película que te permite seguir doliéndote con el mundo que hacemos. Seguro que como escritor inoculas entre las líneas del relato el terror de la vida, el dolor de sentirte humano. Puede ser que mis protagonistas sean cándidos patos feos, sublimes prostitutas que nunca supieron de amor, transformistas inseguros o perversos machistas demoledores de toda sensibilidad, pero aún quiero creer que la inocencia sobrevuela la tierra. Sólo las sombras de la duda y el poder crean monstruos, fragmentan el alma colectiva y enfrentan entre sí a los hermanos de raza. Un cuento es sólo un cuento, pero siempre te lleva más lejos. En los ríos cercanos a los pantanos todo es posible, como en la ciudad populosa y devoradora. Dos maneras diferentes de la vida se enfrentan teniendo como testigos los astros y la propia conciencia. Era aún de noche y aunque había una hermosa luna llena, las sombras tapaban los cuerpos de los animales. Él llevaba más de una semana ocultándose en medio de los cañaverales, pero esa noche había decidido salir de su escondrijo. Un cocodrilo de zoo no sabe si puede vivir en libertad. Movió primero la cola, después el pecho y su vientre gris, luego las patas y la larga cabeza. ¿Cómo es que la compuerta se había abierto y sólo él pudo salir al exterior? ¿Había sido preparada su libertad? Le pesaba sobre su frente achatada la ingravidez del riesgo y el temor a lo nuevo. Masticó sonoramente con sus fauces en el aire tanto por jugar, y ahuyentar los miedos de la soledad, como para acallar el hambre acumulada en esos días y que le quemaba el estómago. Empezaba a añorar la cautividad cuando se sintió atraído por el hermoso perfil de una grácil ave de la que nunca sabría que llamaban garza. Amanecía y el plumaje de la hermosa hembra de las aguas salinas comenzó a refulgir. Él quedó con la boca abierta viéndola cómo se iluminaba a medida que amanecía. Ni siquiera sintió la presencia de un par de pajarillos mondadientes que se hallaban entre sus feroces incisivos y que escarbaban los restos sobrantes de sus comidas. Para cuando el cuerpo entero de la inmóvil ave se recortaba sobre el sol nuevo, él estaba enamorado como un búfalo. Sacó su interminable hocico de entre la flora de la orilla para poder verla a placer. Su torpeza hizo que quebrara un buen macizo de cañas tiernas y los pájaros huyeron escandalizando el amanecer. Ella, lejana y como sin peso, torció el gesto suavemente y posó sus ojos vivaces del lado de donde le había llegado aquel alboroto. Lo sorprendió escondiendo de nuevo el morro entre la vegetación de la orilla norte, pero ya se habían encontrado las dos miradas. A él las patas y la cola le brincaban nerviosas porque aquellos ojos lo alfileraron. No podía saber que era amor lo que sentía, porque lo habría gritado. Ella se sintió cautivada por su peligrosa timidez y por los ojos hundidos de niño enjaulado. También le atrajo su piel poderosa. Y voló para verlo desde arriba. Él se expuso, excediéndose en la coquetería, y se echó a nadar haciendo cabriolas y juegos tanto en la superficie como bajo el agua. Cansado, se detuvo. Ella vino a posarse sobre él, tan dulcemente que apenas sintió su peso. Así estuvieron horas, dejándose mecer por las brisas. Se comunicaban a través de miradas y suspiros. Atravesaron poblados y aldeas y, sin saberlo, llegaron a una población ruidosa. Se oyeron varias detonaciones que retumbaron como cañonazos sobre las copas de los árboles. Primero se volvió él boca arriba y quedó teñido de rojo, luego ella lanzó un croac desabrido e indiferente. Mientras eran arrastrados por las aguas, río abajo, sus ojos, aún sin morir, volvieron a encontrarse en el aire…

         ¿Cómo habría terminado mi relato si no hubiese visto El camino a Guantánamo? En el Homenaje a Javier Jordán hubo recuerdos de su valía, amistad, ternura; pero en la película de Winterbottom no hubo espacio sino para el dolor. [Alberto Omar Walls]

 

 

       

 

Nuevo honenaje al Teide. Cada vez está más bello. Lo veo transformarse a diario.

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Mis homenajes fotográficos al Teide

Una de mis fotos al Teide. Cada atardecer es único.  http://albertoomarwalls.blogspot.es/img/Teide1.jpg

Gritos de Caín

          El respeto social se aprende en las tertulias, escuchando. Dejar decir, hablar y esperar a hablar. Al parecer esa norma se rompe cuando se desata la pasión. Parece que estuviéramos viviendo una época en que da por revisar mitos y creencias que ha acompañado durante siglos. La vida es estar en crisis permanente y la mente grupal que habita en el humano evoluciona más lento que los hallazgos técnicos. Hay un gran abismo entre la ciencia y el hombre. Evolucionamos como en algunos bailes, dos pasos adelante y uno atrás, mareando el ladrillo, encontrándole sólo sentido al ritmo que marcan otros. Me comentaba mi último contertulio, en medio del ruido de una cafetería donde junto a la televisión encendida estaban algunos parroquianos discutiendo de fútbol en alta voz, que los hijos del ciego Edipo estuvieron más comprensivos con su padre que Abel y Caín. Este amigo de la tertulia vociferante es uno de los que insiste en analizar los niveles de paradoja en que algunas de nuestras antiguas escrituras nos han situado. Y me preguntaba, arqueando las cejas, si Eva y Adán gestaron dos hijos tan opuestos en el comportamiento como el yang y el yin, pero no así en la sexualidad, ¿cómo se las apañaron con la descendencia? Me sentía un poco mareado con el griterío y no estaba para esos asuntos en medio de aquel templo futbolístico. Pero se empeñó en sacarme a la luz algunas de las viejas incertidumbres donde fundamos nuestra cultura. Mientras reía y gritaba para hacerse oír, decía que nadie nos advierte a tiempo de que nuestros primeros padres debieron tener más hijos. Por ejemplo, un par de hembras. Ahí situaba ese amigo de la copa y puro que en algún momento la relación íntima entre hermanos fuera obligada para la descendencia. Las escrituras sagradas judeocristianas sólo se detienen en la dicotomía binaria del mal y el bien de ambos machos, pero no se preocupan de resolver las relaciones de consanguinidad que en las atávicas circunstancias se tuvieron que dar. En lo referente a la costilla, muchas otras historias de las religiones comparadas insisten en parecido elemento anatómico tan curioso. Suponía él que se referirían a una de las costillas flotantes. En verdad me importaba aquello poco -le decía a mi contertulio-, me interesaría sólo cuando descubrimos las contradicciones estructurales sobre las que nuestra sociedad funda sus creencias. Él insistía en que con sólo aquellos ejemplos nos podemos dar cuenta que nuestros cimientos se fundaron sobre conceptos movedizos.

         Le advertí del valor metafórico de muchos escritos tenidos por sagrados y que sin mitos es imposible convivirnos, pues a ellos las sociedades deben su estabilidad mutable y la posibilidad de pervivir en los momentos de crisis.

Pero él insistía en buscarle relación lógica a las cosas del ayer con los aspectos sociales de hoy. Hasta afirmó categórico que, tras el asesinato de Abel, todos nosotros somos hijos de Caín. Y decía que cada vez que una sociedad comprueba en su momento presente que está resquebrajándose en sus valores, es corrupta en sus conductas, quebrantada en sus pilares, dolorida por sus ineficacias y desconcertada en sus rumbos, debería volver a indagar en sus ancestros para así hallar su condición más profunda, más íntegra y espiritual.       

         De ahí saltó a algo más concreto, y dijo que el canario tiene un problema grave con respecto a esa cuestión, y es que no ha sabido resolver la crisis de ser islas, y que ha olvidado quién es o con qué sustancias se cuajaron sus urdimbres vitales. No es que no haya manera de descubrirlo -agregó-, lo que ha ocurrido es que ha estado de espaldas a su pasado y, mientras en muchos años se miraba el ombligo, creyendo que esa responsabilidad no iba con él, ha llegado a imaginarse que nació de sí mismo, y con ese aserto ha tenido bastante. Para cuando lo intentaba convencer de que todo el mundo posee sus propios ritos y mitos sobre los que se sustenta, en el bar se oyeron alaridos de energúmenos. Fuera ya del local, con una sola voz unánime oímos gritar ¡Goooool!               [Alberto Omar Walls, La Opinión de Tenerife, 17-6-2007]

 

Olvido o respeto

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                                                       Olvido o respeto

 

       Comenzó como un fenómeno social en mil novecientos setenta. Hablamos de la narrativa que inició su andadura con la fuerza de un torrente. Se llamó boom imitando la moda hispanoamericana. Las novelas que se escribieron antes pasaron sin pena ni gloria, pero desde que se produjo la publicación de Guad de Alfonso García Ramos, quienes entonces éramos jóvenes, por puro descaro vital, irrumpimos en medio de la atonía social del archipiélago ocupando la atención de páginas y revistas literarias de todas las latitudes. Junto a Alfonso aparecimos Juan Cruz, Alberto Omar, Luis León Barreto, Luis Alemany, Víctor Ramírez, Luis Ortega. Pronto llegaron muchos más... Se produjo una traslación semántica en favor de la narrativa, porque se provocó una desfuncionalización de las ocupaciones creativas de todo lo anterior. Así nacieron las novelas de los setenta, y si tenemos en cuenta que la mayoría venía de otras especialidades, la novedad del narrar podría sorprender si no hubiera una razón oculta tras aquel sorprendente tinglado (como diría Pérez Minik). Al menos dos cuestiones justifican el accidente generacional: una metamorfosis funcional del hecho creativo y la razón oculta. La primera es evidente en un alto porcentaje de los futuros narradores que se agolparon en torno a los ecos del Premio Benito Pérez Armas: Juan Cruz Ruiz y Alfonso García-Ramos nacen del periodismo; Alberto Omar Walls del teatro y cuentos publicados en las páginas literarias; Luis León Barreto, de la poesía y el periodismo (aunque estrena narrativa algo antes), Fernando Delgado de la poesía, J. J. de Armas Marcelo de la poesía; Luis Alemany del relato corto y el teatro; Rafael Arozarena de la poesía; Emilio Sánchez Ortiz, del relato corto y la poesía; Luis Ortega del teatro, periodismo y la poesía; Juan Pedro Castañeda, de la poesía; Félix-Francisco Casanova, de la poesía; Elfidio Alonso del periodismo, teatro y el relato; Orlando Hernández del teatro; Pedro Perdomo Azopardo del periodismo... Visto el asunto, habría que analizar los comienzos de cada uno por separado, partiendo desde cuales fueron sus puntos de inicio; así las cosas, observaríamos que cada novela dependería en mucho de su poesía, de su periodismo, de su teatro... Quizá quienes antes o después escriben en las islas, directamente cogidos de la mano del narrar, pudieran ser contados con los dedos de una mano: Juan-Manuel García Ramos, Víctor Ramírez, Esperanza Cifuentes y, desde luego, Isaac de Vega.  
          Distintas generaciones y edades se agolparon en torno a la novela. Y vayamos a observar lo que llamamos razón oculta: el momento social pedía a gritos salirse del interior del individuo, para extender las manos y meterlas en el plato social. Así justifico la presencia de la novela, por un deseo de explicar tanto el mundo interior del artista como para mostrar las voces sociales que en su magín habitaban. Y en ese ejercicio todo se transforma y subvierte. Subvertir la cotidianeidad en un escritor no es empresa que suceda por las buenas, más aún cuando coincide el mismo hecho en tantos creadores de distintas generaciones que conviven en el mismo territorio fragmentado. Este cambio brusco de actitud ante el instrumento motivador de la creación, esa metamorfosis interna que nos obligaba a mostrar un producto absolutamente distinto, expresado en novela, no se habría producido si el estado social no estuviera exigiendo la mutación de sus coordenadas creativas o el cambio rotundo de puntos de vista y resultados. El escritor reclamaba a su manera, usando la novela, un estado de derecho cultural. Porque el intelectual sí que se ejercía entonces. He tomado en alto este guiso indiscriminado de escritores y observo que quedan hoy los que el viento del tiempo ha cernido. Haciendo el análisis sin nepotismos hay un gran puñado de libros que reclaman releerse. Nuestra novelística, la vieja y la nueva, debería tratarse con mayor interés y consideración, pues conforma parte del patrimonio canario. [Alberto Omar Walls]
 

La Opinión de Tenerife (24/06/07)

Pocos, muy pocos saben decir bien el verso

              Ayer en el Ateneo de La Laguna oí recitar a un magnífico actor murciano: Manuel Navarro. Sacó a la luz tanto los poemas que habíamos oído en la infancia como esos otros que ya nos habitan en la desmemoria. Es muy difícil recitar tan bien como lo hizo. Doy clases en la Escuela de Actores de Canarias de interpretación del verso y sé de qué me hablo... No basta con ser un buen actor, hay que saber decir el verso al tiempo que lo comunicas, llevando en la palma de tu mano parte del alma ignorada del poeta, del poema, y de todas las lecturas posibles... ¡Casi nada!

              Bien, inauguro con esta nota mi blog(http://albertoomarwalls.blogspot.es), que no comienza precisamente hablando de literatura, pero sí de un arte que a mí me ha acompañado siempre: la interpretación. Aquí dejo un poema de Bécquer, de lo más poderoso, sugerente y actual. Un fuerte abrazo a todos los que me lean esta primera carta del blog; luego ya veremos en qué queda la cosa...

 

GUSTAVO  ADOLFO  BÉCQUER

        Olas gigantes que os rompéis bramando

En las playas desiertas y remotas,

Envuelto entre las sábanas de espumas,

Llevadme con vosotras.

 

Ráfagas de huracán que arrebatáis

Del alto bosque las marchitas hojas,

Arrastrado ciego torbellino,

Llevadme con vosotras.

 

Nubes de tempestad que rompe el rayo,

Y en fuego ornáis las desprendidas orlas,

Arrebatado entre la niebla oscura,

Llevadme con vosotras.

 

Llevadme por piedad,

Por piedad, adonde el vértigo

Con la razón me arranque la memoria,

Por piedad, tengo miedo

De quedarme con mi dolor a solas.

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