Oculta maestría

Escrito por albertoomarwalls 24-06-2008 en General. Comentarios (0)

 

            Sabía que tenía que comunicarse con alguien especial, que comprendiera este mundo sólo con mirarlo y que con su conocimiento pudiera ir tan lejos como le marcaran sus dos infinitas cualidades, bondad y voluntad. Debía lanzar lejos el sedal para enganchar al pez tan esperado. Intuyó que lo descubriría, porque esa mañana una nube verde voló hacia el poniente, también creyó oír una voz serena, de contadas y justas palabras, que le indicaba un camino. Entonces corrió hacia las playas del oeste, pero la voz se había alejado ya y en su mente retumbaba un eco huero. Sin saber porqué le asaltó la idea de ir a la vieja casa de la infancia. No fue fácil hallarla. Tuvo que propiciar el aprender a soñar con los ojos abiertos. En lo profundo de la noche encontró la vieja biblioteca. Presionó un botón oculto tras "El ser y la nada" y, al instante, todo cambió de lugar. Olió la humedad añosa, aunque entraba desde una ventana una tenue luz de congelado atardecer. Estaban allí unos libros sagrados apilados en montones como para una mudanza. En la pequeña habitación había una alfombra extendida en el suelo hasta los zócalos, dos candelabros con sus respectivos velones y colgado en la pared un grabado antiguo que representaba el Nacimiento de la Duda (Vovelle, Laplantine y Chartier). Encendió los velones y pronto se disipó el olor a humedad. Se sentó en un taburete en medio de la habitación.            

            La luz del ventanuco giró ocultándose tras las sombras.

            La vejez le había enseñado que no hay distancias en el universo y que, a través de la Luz, tanto los mensajes como los cuerpos podrían atravesar tiempos y espacios. Necesitaba una palabra de Conocimiento, pues fue amigo de la búsqueda durante muchos años. Estaba atento a la enseñanza y creía por eso merecer un nuevo mensaje o una llegada nueva, no importaba cuál fuera el procedimiento que se usase. Pero su instinto estaba sordo, y el mundo andaba sin oídos. El lenguaje se había quedado ciego, nadie escuchaba tampoco su desmayada voz en el amanecer. Creyó haber hallado un santuario y sin embargo su desvalimiento demostraba que sólo había encontrado un simple cuarto habitado por la nada más desabrida. Una anodina habitación de anticuario.

            Dejó de soñar despierto y volvió a la casa para acostar su cansancio. Cuando le quitaba la ropa a la piel que le daba apariencia al cuerpo, metió la mano en el bolsillo y sus dedos tropezaron con una tarjeta postal que mostraba una imagen espléndida del Bósforo. Lo único que se había traído de la biblioteca. Algo le empujó a mirar el reverso y leer el pequeño texto que estuvo allí esperando a que, por fin, y por primera vez, alguien quisiera entender su escueto y sencillo mensaje. Con tinta verde y letra ágil, un ser desconocido le había escrito hacía mucho tiempo lo siguiente: "Dentro de ti está tu propio maestro".

(Alberto Omar Walls lo publicó en el diario La Opinión de Tenerife, el 09-02-2008)