Elsa López, novelista

Escrito por albertoomarwalls 11-06-2008 en General. Comentarios (0)

A tenor de Las brujas de la isla del viento

            Elsa López no es una mujer invisible, y sí poeta y novelista en un solo cuerpo excepcional. Cuando terminé su novela Las brujas de la isla del viento (Edit. Idea), la llamé para decirle que me había gustado mucho, porque me atrapó su lectura y no había podido dejar de leer hasta su última gota de letra. No obstante no es novela al uso y costumbre de los gustos generales del gran público. No digo que no sea fácil de leer, porque sí tiene un estilo narrativo que te engatusa. Me refiero a que el tema planteado, o los tantos temas, nos confunde a primera vista, porque luego, a través de su técnica, vamos empatando hechos con los que la urdimbre de la historia toma sentido integral. Se trata de la confección de una trapera canaria, hecha con el desecho de otras telas, porque es un libro donde se van hilvanando las historias al estilo de la antañona Penélope, cuando tejía y destejía para darle tiempo al amado y su destino para que la hallaran.

            Trata de la mujer. Es una novela que presenta el lado  más dolorido y turbio de la mujer. Defiende a la mujer, está claro, pero antes la trata como a un felpudo, es decir golpeándolo contra las paredes para que eche fuera los polvos y suciedades de la madre celestina… Ninguna de esas mujeres, de las que muestra sus vidas azotadas por el viento, son imbéciles aunque hagan de sus existencias la aparente expresión lógica de sus conductas. Son víctimas del entorno, eso lo sabe la autora, y al mismo tiempo forjadoras de sus existencias a través de la única vía de salvación posible que su entramado familiar y social les permitía. En ese territorio marginal, una vez hallado, se encanallan. Desde esa perspectiva, son personajes subalternos, antihéroes...Otro autor dice que las mujeres, cuando buscan un sentido a sus vidas, tienen cuatro posibles salidas típicas: la virgen, quien anulando su sexualidad afronta la soledad y los desafíos de la sociedad machista; la mártir, que en su dolor y entrega al sufrimiento descubre su conciencia de sí y el descubrimiento de la responsabilidad con la vida; la santa, la  que asume el amor sin límites, el placer de dar sin pedir nada a cambio, la comprendedora por encima de los conflictos; y , por fin, la bruja, que es aquella que busca, halla y consuma el placer completo, pudiendo justificar así su existencia por encima de las limitaciones.

            No  va este libro únicamente del último tipo de mujer, el de la bruja, aunque sea muy evidente, sino de las cuatro tipología, arrebujadas y entremezcladas. Todos y cada uno de su personajes femeninos, en algún momento, pasan por esos cuatro niveles y, en última instancia, se quedan con el último de ellos, el de ser bruja para hallar la sabiduría reservada a los hombres y el placer sexual más desaforado guardado durante siglos para uso y disfrute de los machos.

            Es un libro de la tristeza también, y de la impotencia femenina. Un cántico a la libertad por encima de las geografías y los océanos, un desgarrador grito, profundo, de especie, un atronador rugido de toda la feminidad, más aún, de toda la especie hembra, denunciando primero un estado latente de injusticia permitida por todos a manos del poder, y en segundo lugar propiciando el rompimiento de las cadenas atávicas que las atan a sus pasados castradores. En ese sentido no permite la autora, o no entrevé la narradora (al menos la narradora), una posible salida al conflicto profundo y herida sangrante que enfrentan a los dos sexos puestos en sociedad para convivirse en familia. El macho y la hembra en el entorno de la isla del viento son enemigos, como mal menor, y como mal mayor, son ajenos el uno con el otro y jamás verán la luz juntos, es decir, jamás hallarán entendimiento para fundar sus relaciones a partir del agua del amor. Da para mucho esta novela, porque es muy sabia, ¡tremendamente sabia!, y nadie puede quedar tranquilo, como estuvo antes quizá, una vez leída la última página. De verdad que tanto viento enloquece… [Alberto Omar Walls]