El escribidor...

Escrito por albertoomarwalls 29-07-2010 en General. Comentarios (0)
titiri­tero de seres que no existen

                                                                          por  AlbertoOmar Walls

                        Vivir es una aventura que debemos reiniciar de instante en instante. Parece que sea gratis vivir y experimentar, pero ponemos precio a las vivencias. Te muevas o no, el mundo está esperándonos en cada acto para que lo experi­mentemos. De cada ser depende lo que se escoja. Escribir es también una aventura que se renueva cada vez que te enfrentas con el papel en blanco o la pantalla de ordenador. En muchos aspectos no queda más remedio que poner cerca ambas aventuras: la de vivir y la de escribir. Creo que las dos -la vida, la escritura- conforman la cara y el envés de una misma realidad: la experiencia reinter­pretada. Porque la realidad no es única y ni siquiera, para todos, la misma. La realidad es anomia y para hallar sus muchos nombres y sentidos debemos indagar, como mínimo, en alguno más que sólo sean dos de sus múltiples aspec­tos (la relatividad y la dinámica, para empezar), y lo que no se puede ver ni tocar tanto en el pasado como en el futuro. Porque somos producto de una ingente péyade de influencias que están grabadas tanto en nuestro ADN y genes específicos, como en cualquiera de los cuerpos que poseemos, etérico, mental, espiritual, físico... El presente absoluto es lo único que definiría, en última instancia, a la realidad experi­men­tada por cada uno, pero no hay quien usando la escritura pueda contar o narrar algo tal cuál fue u ocurrió. Sería la reducción al absurdo, intentar desde el pensamiento narrar hechos que transcurren en el tiempo, pero sin usar el pensamiento, ya que en el aquí y ahora sólo existe el vacío de lo pensante. Lo que todos buscamos: el Silencio.

                        El escritor sería el mentiroso que, como un taxidermista, se atreve a dar la apariencia de verosimil a seres inventados pero a los que obliga a adoptar apariencias de humanos. El titiri­tero de seres que no existen. Qué contradic­ción: siendo creado­res, inventamos una realidad y la movemos como si fuera auténtica y se estuviera realizando en el papel impreso. Escribir es la insis­tencia en una mentira que quizá a la Realidad no le interese seguir sosteniendo. Y estaría bien que así fuera, porque es más hermosa, o libre, la literatura cuando se transforma en lujo y transgrede el viejo sentido de la necesidad o la utilidad.

                        Vida y escritura, cara y envés de un mismo hecho, conjugan expresión ficcionalizada de seres que no existen y seres que existiendo adoptan concien­cias internas de ficción o desen­canto. Puedes escribir mirándote el ombligo o cualquiera otras partes de tus cuerpos, y haces literatura. Puedes escribir mirando la porción del mundo que te rodea, con tu visión psicológica, filosófica, sociológica o psicótica, etc, y sigues ha­ciendo literatura. O hasta puedes escribir sobre tu propia persona enajenada del mundo, y sigues haciendo literatura. A nadie se le escapa que escribir no es ya sólo desnudarse ante fantas­mas o ponerle el casacabel a la imagina­ción y la fabulación, perfeccionarse en la buena carpintería o dicho de otra manera, en el buen hacer literario, o ejercitarse en la voluntad de estilo. Para hacer buena literatura no basta ya con hacerlo bien, no es imprescindible solamente el cómo lo haces más que el qué dices o qué cuentas. Aunque la vieja verdad literaria aún siga siendo cierta y es que casi todo ha sido dicho y que un escritor no tiene otra obliga­ción sino la de escribir por encima de sus deseos de transfor­mar la realidad. Un escri­tor quizá sea aquel ser que teniendo muchos yoes [pues muestra la par­ticularidad psíquica de manifes­tarse con tantos rostros como personajes maneja con sus hilitos de titiri­tero], indaga en la condición humana para hallar una partícula de verdad escurridiza.

                        Si nuestra mate­ria prima es la mentira, la ficción ¿a qué tanto esfuerzo por alcanzar la verdad a su través? ¿Huimos de lo que deseamos? Trabajamos con la Lengua y los íconos, y las músicas y el folklóre, trabajamos con los mitos y los dioses humanizados, trabajamos con los detritus de otras culturas y otras artes. Y aunque somos cocineros de todas las materias, nuestros guisos han de saber a algo no saboreado antes, original. Y eso es imposible, porque todo se parece a cualquier otra cosa. Es decir: toda mentira ha de tener en su seno, como mínimo, la esperanza de pasar por verdad y con ello se delata. Si no fuera así, no existirían los críticos, comensa­les de paladar refinado, ni el lector especial­izado, ni la competitividad entre escritores...