Dolores Campos-Herrero

Escrito por albertoomarwalls 18-11-2007 en General. Comentarios (0)

                                     la sonrisa de dolores campos-herrero

              Pocos saben sonreír, aunque hay muchas formas de la sonrisa. Al final de tu paso por la vida pocas esencias quedan del rostro, salvo el hecho de haber aprendido a sonreír con elegancia y haber trasladado a los demás la rúbrica de tus emociones

            La sonrisa como camino de sabiduría. Toda emoción tiene una respuesta en los músculos faciales, porque se sabe que el rostro es el espejo del alma. Es el alma una especie de entelequia que nadie ha visto aún pero que los escritores usamos con sobrada campechanería. Pero en ciertas personas se puede columbrar por encima del diminuto montículo de su excelsa sonrisa. En eso, Dolores, era única. Había amor en la sonrisa de Lola.

            Junto a su magnífica obra literaria, una gran capacidad de sonreír. La recuerdo siempre ofreciéndome en bandeja su singular sonrisa. Como un anzuelo que te arrobaba, debías mirarla más allá de cualquier otro reclamo. Esa sonrisa te limpiaba los cristales de la ilusión, haciendo añicos contra el suelo los hielos de años, y se derretía la sintaxis gélida de las diferencias. ¡Y sólo con la arriesgada presencia de su sublime sonrisa! Había amor en la sonrisa de Lola.

            Andaba sobre su sonrisa, y te daba de ella cuanto quisieras beber, sin cicaterías. Sonaba a agua cantarina y fresca borbotándole desde el rostro hasta llegar a donde anidaba mi sensibilidad, para allí despertar mi infancia dormida. Porque cada ser humano tiene una especie de bolsita donde se guarda la sensibilidad amorosa que le dieron a mamar cuando pequeño. Su sonrisa tenía el don de abrirla, por muy cerrada que estuviera, y luego, tú mismo, empezabas pronto a gozar de sus néctares y esencias.

            Sonrisa amorosa y calmada. Amorosa la sonrisa de Lola.

            Más arriba estaban sus ojos benditos que se quemaban de tanta inocencia herida. Aún en el fondo, los atinabas riéndose sus ojos risa. Le oías la voz que iba cabalgando sobre la sonrisa en el desbrozar de unas palabras de sonora cadencia, de inteligente fibra, de arriesgada mirada honda. De poder angelical, inefable, su Sonrisa.

            Generosa, comprensiva y respetuosa sonrisa, de querencia abrasadora. Un tul de brisa roja la envolvía, y más al fondo tintineaban todas las adolescencias prendidas en el columpiar de infancias. Pensé a veces que hubiera escogido el camino del dolor para así aprender a sonreír con tanta espléndida presencia, pero supe pronto que no, que parte de su gran sabiduría estribaba en haber alcanzado el don de permitir que su Alma sonriera a raudales. Oro molido era la sonrisa de Dolores Campos Herrero.

[Alberto Omar Walls]