Manopuntura coreana o la sanación desde el corazón

Escrito por albertoomarwalls 29-06-2008 en General. Comentarios (12)

humilde palillo de madera

 

            Estábamos cenando en un restaurante. Hablábamos de todo. Me sentía muy bien acompañado con dos buenas amigas y la conversación discurría con naturalidad, por lo que íbamos de un tema a otro con absoluta limpieza. Era cómodo nuestro encuentro y la comida y la bebida eran excelentes. Una de las amigas comentó que había estado visitando en Mijas un museo de miniaturas con piezas realmente extrañas y excepcionales. Por ejemplo: el Padre Nuestro se halla escrito en el borde de una tarjeta de visita, la cara del presidente Abrahan Lincoln está pintada en la cabeza de un alfiler, una bailarina de ballet se encontraba tallada en un palillo de dientes, una batalla naval se grabó en la cabeza de un alfiler y hasta la ultima cena de Leonardo de Vinci se encontraba pintada en un grano de arroz…

            Me apoyé en esos ejemplos de objetos tan mínimos, donde se había plasmado arte, para hablarles de la Manopuntura coreana, una especialidad inventada por el doctor Woo Yoo a partir de la milenaria acupuntura. Las expresiones de mis amigas eran de incredulidad, por ello y para asegurarles su eficacia, les comenté que era tanta que hasta con un humilde y simple palillo de madera, cuya función primordial es la de ayudar a escarbar entre los dientes para la limpieza de la boca, se puede llegar a aliviar dolores si es bien utilizado y se acierta con los puntos exactos. Mis amigas en el yantar me seguían mirando incrédulas aunque admiradas con la pasión que le imprimía a la defensa del poder de una diminuta aguja pinchada apenas un milímetro en la piel de una mano.

Por esos gajes de la causalidad, que el azar no existe, la camarera que había estado todo el tiempo atendiendo con diligencia a los clientes del comedor, ante nuestra mesa se paró unos segundos y luego, imprevisiblemente, cayó en tierra de rodillas. No esperó a mucho para levantarse con suma rapidez sin haber dejado caer la fuente de carne que llevaba entre sus manos. Nosotros nos miramos asombrados y comentamos que el dolor en sus rodillas tuvo que ser intenso, pues supimos del ruido de ambos huesos al tronar en contra de la baldosa del suelo. Vimos pronto a la camarera ir de nuevo de un lado para otro portando viandas, aunque observé que de vez en cuando cojeaba y se llevaba una de las manos libres para acariciarse las rodillas. Ni corto ni perezoso, cogí un palillo de sobre nuestra mesa y lo tronché un poco por una de sus puntas para que no clavara y llamé a la camarera. Rápida se acercó a mi llamada, interrogante en el rostro, más un tanto contraído por el dolor. Le pregunté si le dolían aún las rodillas y me dijo que naturalmente, que le dolía mucho, sobre todo la derecha.

En dos minutos le hice un resumen de las excelencias de la Manopuntura coreana  y le dije que con un palillo le buscaría un lugar concreto en su dedo meñique para aliviarle el dolor. Un tanto dubitativa, no obstante alargó su mano y dejó que le pusiera una de la puntas del humilde palillo sobre uno de los pliegues del dedo meñique de la mano derecha. Mis compañeras de mesa no salían de su asombro, por mi desfachatez y por la seguridad con la que actuaba. Hacia los dos minutos, quité el palillo y le pregunté si se encontraba mejor. Me dijo que sí, y antes que se marchara le pedí que me trajera un poquito de papel de aluminio que seguro habría en la cocina. Comenté a mis amigas que le iba a confeccionar un punto fijo con un poco de esparadrapo que llevaba en mi mochilita, junto a otras cosas de primera necesidad, desde una lanceta, hasta agujitas y, como es lógico en un escritor, un bolígrafo, agenda, libreta, libros y una cámara fotográfica.

Cuando volvió la camarera le anudé con una tira de esparadrapo en el dedo meñique una bolita de papel plateado. Al rato le pregunté a la muchacha cómo se encontraba y me dijo que muchísimo mejor. ¡Para qué fue aquello!, una de mis amigas no dudó en reprocharme que la camarera se veía influenciada porque yo era un cliente y no me pensaría jamás llevar la contraria, viéndome tan apasionado y convencido con el invento, por lo que dio el asunto por zanjado y se cambió de tema. Quedaban muy convencidas ambas de mis dotes teatrales pero en absoluto creídas con la posible eficacia de la acupuntura. Les planteé, para que comprendieran mi actitud, que yo no había pretendido adquirir poder o mostrar algún tipo de dote especial, de esa manera mi acción hubiese sido mezquina. Sólo buscaba ayudar y que sí les podía dar la razón en que no me había parado a pensar antes en que a la muchacha le apeteciera o no prescindir de su dolor. Que con mi acto, por un lado le había anulado la posibilidad de experimentar todo el desarrollo de su dolor -hasta llegar a su principio hallando la causa-, aunque por otro le había mostrado que existía un camino natural para la intervención libre en los procesos del sufrimiento humano.

Nuevamente la no causalidad vino a confirmar el viejo axioma oriental de que la conciencia es infinita. Habíamos pedido las copas del final de la cena y una de mis amigas se estaba tomando una con hielo. Inopinadamente, se le interrumpió el habla y comenzó a hipar. De tal manera se le apoderó el hipo de su abdomen, que el susto o la sorpresa le saltaron pronto a la superficie de su rostro. La otra compañera dijo que había que darle un susto, también que bebiera a sorbitos cortos o que tragara aire y lo contuviera en los pulmones… ¡Yo qué sé cuánto remedios se barajaron en unos minutos! No esperé a otra oportunidad. Agarré el primer palillo que ví y le dije: ¿me permites que intervenga sobre tu mano con este humilde palillo de madera? Ella afirmó con la cabeza entre hipos descontrolados...

Cuando la punta del palillo se depositó sobre la palma de su mano, al instante el hipo desapareció y la tranquilidad le tornó a los ojos y al rostro. ¿Ya está?, me preguntó sorprendida, sin atreverse a ser incrédula pues a la vista estaba lo que para ella tenía que ser un milagro. Para evitar que se fuera al extremo opuesto y transformara aquel hecho en religioso le indiqué que el palillo había sido depositado en la palma de su mano en el punto de reacción que le correspondía en el cuerpo con el diafragma: ¡pura técnica! Tuve que explicarle que, por supuesto, no todos los casos de hipo eran así de sencillos y que en ese momento estaba muy claro a qué había sido debido.

Cuando nos despedíamos, horas después, me mostraba la palma de la mano extendida en el aire y decía llena de sorpresa y agradecimiento: ¡todavía no me lo puedo creer, que un humilde palillo de madera me quitara el hipo esta noche!